Concluida otra jornada con bordes épicos en Panamá City, el balance nos deja más que satisfechos.
A las 6:30 am ya disfrutábamos de una fresca mañana dominguera, sol insinuado apenas entre velos; parque lineal costero, cerca de Punta Paitilla; vecindario con rascacielos a granel, a cual más pretenciosos en formas y diseños; todo a favor de ciclistas, patinadoras, trotadores, o simples caminantes con inapropiados atuendos, como este par de fisgones venidos del Quindío, Colombia. En la bahía, aguas quietas, marismas de piedras renegridas; al fondo, naves de diversos calados en espera de ingreso al Canal. Fotografías a cada paso, queriendo atrapar no sólo estampas de postal, sino la magia de un amanecer indeciso en leve bruma, lo fascinante del conjunto. Rumbo al casco viejo de la ciudad, los pasos agotan kilómetros, un cebiche de pescado en el Mercado de Mariscos, surtido por pequeñas naves pesqueras a la vista y olfato, provee proteínas antes de atacar la cinta que circunda el centro histórico, erigida como viaducto en concreto armado, mar adentro, donde la multitud deportista se multiplica y se exige. Cuerpos transpirantes de toda talla, género, ornamento, y nacionalidad, desfilan en ambos sentidos, haciendo pausas para selfies, invasoras luego del ciberespacio. El rutilante panorama humano y físico, alienta pasos y pulmones. Una visión de fondo: el reformado y ampliado complejo del otrora Fuerte Amador, y la enorme estructura atirantada del Puente de las Américas, que une dos continentes, atrae con fuerza. Pese a prevenciones de terceros, a quienes parecía insólito el objetivo de cruzarlo caminando, allá llegamos. Desde la altura se dominan, la entrada al Canal, el puerto de Balboa con sus colosales grúas porta-containers y los buques guiados por remolcadores y diestros pilotos. Venciendo vértigo y fatiga, el deleite de hallarnos en el ombligo de America, en tierra que fue parte de nuestra Colombia, víctima de la desmemoria colectiva, colma el espíritu. El regreso a la ciudad es lento; nuestros pasos, cansinos. ¡Qué irreparable pérdida sufrimos hace algo más de un siglo por culpa de nuestra atávica estrechez de miras!
En el alojamiento, de ostentoso nombre continental: Eurohotel, una ducha reconfortante, antes del combo Mac Donald, de US $ 7.00, deducido el descuento del jubilado; algo de reposo, y de nuevo, avanzada la tarde, al abordaje del casco histórico, con sus construcciones rescatadas del orín, del salobre abandono, trocadas a viviendas, oficinas del gobierno, establecimientos de comercio, de costo y lujo millonario; plazoletas, escalas, monumentos ignorados por todos, balcones, frisos, artísticos portones y ventanales, callejuelas, ruinas y magníficas restauraciones en marcha, en un conjunto de ecléctica armonía, justifican otras horas de caminata.
Cómo no aludir, en pleno escenario del episodio, al reciente y divulgado paseo nocturno de nuestro primer mandatario por estos varias veces centenarios pisos, entre muros y cubiertas venerables, donde hizo presencia oficial, dizque representando a la nación Colombiana, luciendo al margen de la agenda sus trasnochos etilnarcóticos, y sus anómalas conquistas, no de territorios, no de avances socioeconómicos; de nada de lo cual pueda alguien, ni por equívoco o perverso motivo, sentirse orgulloso.
Antes de dejarnos vencer por el cansancio hacemos cuentas aritméticas auxiliados de Maps. La suma de distancias recorridas durante 14 horas de vagabundeo, arroja un resultado sin adjetivos: veinte kilómetros.
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