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¡En la calle!

Monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez

domingo, 26 junio 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Miles de hermanos viven hoy en las calles, algunos como opción de vida, en el libre desarrollo de su personalidad; otros, por las circunstancias de la vida, su mal proceder y la toma equivocada de decisiones se han sumergido en el mundo de las drogas; algunos, teniéndolo todo, de la noche a la mañana se … Continuar leyendo

Miles de hermanos viven hoy en las calles, algunos como opción de vida, en el libre desarrollo de su personalidad; otros, por las circunstancias de la vida, su mal proceder y la toma equivocada de decisiones se han sumergido en el mundo de las drogas; algunos, teniéndolo todo, de la noche a la mañana se quedaron sin nada, por las deudas, incomprensiones familiares, intransigencias, depresiones, preocupaciones ante la vida y la altivez del ser humano que nos conduce por la senda de la soberbia. Estar en la calle no es un camino hacia el éxito, aunque se trate de la universidad de la vida; no es zona de confort, aunque se pueda cubrir el cuerpo con una manta o comer de las sobras hurgando en las basuras y comiendo de las migajas que caen de la mesa de aquellos que despilfarran.

El frío de la noche golpea con fuerza el cuerpo y adormece el alma; las drogas mitigan el dolor y la rabia; las inclemencias del tiempo hunden en el abismo de la soledad, la enfermedad y la desilusión; los embates de la vida atormentan la mente y nublan el corazón. Se construyen nuevas reglas, se vive sin responsabilidades, se ‘mata’ el tiempo o se vive del ‘rebusque’ porque el día y la noche ya no importan ni las horas ni los buenos o malos olores, ni la elegancia o la informalidad; hay una ruptura de los vínculos familiares, un distanciamiento de las normas sociales y una protesta contra lo que suena a disciplina, felicidad, justicia.

En la calle hay que sobrevivir y la hostilidad es un monstruo que agobia, pues quien vive en la calle se enfrenta a la dureza de la autoridad, la indolencia de muchos ciudadanos, el juicio temerario de quienes los definen como delincuentes y desadaptados. ‘Aprender a vivir en la calle’ es un desafío que rasga el corazón, desdibuja la sonrisa, endurece el rostro, enfría el amor, apaga la esperanza, debilita la fe, adormece el alma. He aprendido en el trabajo con las personas que viven en la calle, que son seres humanos, en cuyos corazones hay dolor, rabia, sufrimiento; sin justificar sus decisiones ni aceptar en algunos de ellos su rebeldía que termina en la delincuencia, he aprendido a reconocer que ‘detrás de cada rostro hay un drama humano’.

Muchos tildan a la Iglesia y a las instituciones que trabajan en favor de las personas en situación de calle de ‘alcahuetes’ porque generan asistencialismo, animando a quienes viven en la calle a que no trabajen y sean ‘mantenidos’ por la sociedad. La Iglesia no piensa así, el trabajo social que realiza es fruto y signo de la auténtica caridad; la Iglesia busca elevar la dignidad de los seres humanos sin caer en asistencialismos que vician la senda de la solidaridad, ayudando a tomar conciencia que hay que ‘enseñar a pescar y no a dar el pescado’.

Les recomiendo una obra del escritor y premio nobel egipcio Naguib Mahfuz llamada ‘El callejón de los milagros’, publicada en 1947, en la que se relata, en un lenguaje llano y sencillo, cómo se produce la búsqueda de una vida mejor por parte de los más desfavorecidos, revelando los conflictos entre la tradición y la modernidad, entre el pasado y el presente. El autor nos muestra cómo los residentes en el callejón no pueden ver más allá de sus propios problemas. Y desde esta lectura puedo decir que nuestra sociedad produce ‘mendigos’, se rasga las vestiduras ante la pobreza y es indolente ante los males que la aquejan. El Quindío, especialmente Armenia, se ha ido convirtiendo en ‘casa’ de ciudadanos que han decidido vivir en las calles; crece la pobreza y el espacio público se ha ido invadiendo de cartones, colchas de retazos, ollas tiznadas, fogatas espontáneas, sin que se dé una solución de raíz.

La política pública diseñada para las personas en situación de calle se agota en la burocracia y en pañitos de agua tibia que no solucionan el problema. Invito, desde esta columna, a los lectores que deseen comprometerse con este flagelo, a que no den limosna en las calles, canalicen su ayuda a través de las instituciones como la Iglesia que propenden por la dignidad de los seres humanos mediante una caridad organizada. Y a las entidades gubernamentales e instituciones que desean ser signo de amor en la humanidad, a que unamos esfuerzos para que juntos ‘superemos’ estos problemas sociales, haciendo lo que cada uno sabe hacer, pero insertando todo en una propuesta articulada, integral, progresiva y sistemática.

Como diócesis ofrecemos nuestra experiencia, pues seguimos realizando nuestra labor desde el silencio y el anonimato, con el deseo de contemplar en el rostro de tantos hermanos descartados socialmente, el rostro sufriente de Cristo que nos interpela y nos invita: ‘denles ustedes de comer’.


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