¿Para cuándo nuestra independencia?
Cuando podamos, puedan nuestros hijos o nietos, construir sosiego.
Hace pocos días Alister Ramírez Márquez, el escritor quindiano, me dijo que los colombianos tenemos el caos incorporado en el ser. Y me puso a pensar.
¿Por qué entendemos el mundo propio como un ser humano en llamas que huye por una pendiente en busca de un grifo de agua que tal vez no exista?
Recuerdo cuando escuchaba a Luis Carlos Galán, en sus peroratas históricas.
Contaba cómo los colombianos, en el siglo veinte, no tuvimos un respiro: la muerte de Uribe Uribe, la pérdida del departamento de Panamá, la masacre de las bananeras, el incendio y la desolación provocados por Laureano Gómez en las veredas, la negativa de las élites a la reforma agraria, la violencia desatada y la persecución a los liberales, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, La irrupción de los chulavitas, el aleteo sangriento de los pájaros, los bombardeos a mansalva del ejército, la irrupción de las guerrillas, su crueldad, la contrarreforma agraria de Pastrana, padre, el contrabando y sus implicaciones políticas, el inicio del narcotráfico, el ahogo democrático con el Frente Nacional, y luego el asesinato en modo magnicidio, en fin, el conferencista y líder muerto por su postura política, los paramilitares y sus mares de sangre, en fin.
Ninguna estabilidad ha tenido el país, o tal vez sí, o tal vez su única salida, ha sido la sumisión a un destino que parece -esa idea es un fraude- inmutable, designado por fuerzas divinas que nos someten a un tsunami social casi infinito.
Luego de mi sobre-pensamiento, de mi volver a escarbar el trigo, una mujer lúcida, La Saramaga, me dice algo que salta a la vista y que olvidamos cada rato: oscilamos de ilegalidad a ilegalidad.
De un promotor del paramilitarismo –que sin embargo es juzgado y condenado por un asunto de forma- a la figura casi mesiánica también de un exguerrillero, acogido a la civilidad pero que surgió de un acto ilegal, la rebelión contra el Estado es decir, como anota ella, salimos de una subcultura de la ilegalidad y, zas, caemos en otra. Sin remedio.
El caos que se origina en nuestro afán, casi un paroxismo del carácter, de incumplir las reglas, de saltarnos el sardinel y correr tras la adrenalina del sobresalto.
Y vino la condena a Álvaro Uribe Vélez y, unos y otros, nos condolemos o nos solazamos con nuestras propias interpretaciones. De repente, casi todos, somos expertos en derecho penal y nos volvemos jueces de una causa que se vuelve nuestra, del ardor interior por condenar al otro, al prójimo y al próximo.
No estamos condenados a cien años de soledad, así lo parezca. Sólo nos falta entender que si tenemos un lugar digno dentro de un universo que también es nuestro, que no somos hijos favoritos del desarraigo.
Dicen que se vuelve más oscuro justo, justo, cuando va a aparecer el sol. Y resulta que ahora podemos decir, después del fallo judicial de esa mujer valiente, que no todos somos culpables por complicidad o indiferencia. Aún tenemos redención.
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