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En sus ojos y en el tiempo está el secreto

Mauricio Hernández

miércoles, 23 julio 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

¿Cuáles son esos ojos que guardan el secreto de una historia que se cuenta en cada mirada? ¿Será ese secreto aquello que llevamos dentro y no apalabramos, por temor o por amor? En los ojos, en cualquiera de las miradas que revelan sentimientos y preguntas, se enlaza una historia que tiene que ver con el paso del tiempo.

Era 2009 y yo tenía 19 años. Al ver el cartel del estreno de El secreto de sus ojos, sentí de inmediato el deseo de verla. La película argentina, dirigida por Juan José Campanella, prometía algo más que una historia. Sin embargo, por razones que hoy no sabría precisar, fui postergando ese encuentro. Hasta ahora, cuando finalmente la he visto, ya con otra edad, otro tiempo y otra mirada.

 

Me encontré con una obra que no solo plantea una historia de amor y crimen, sino que se pregunta por la noción del tiempo de una manera singular, simbólica y cautivadora. Desde el famoso plano secuencia —que comienza con una cámara aérea y termina en la tribuna de un estadio de fútbol— se articula una lectura del tiempo lineal, el tiempo del reloj, el cronos. Pero también aparece otro tiempo: el de los sentimientos, las memorias, los cuerpos que envejecen, las decisiones que no se tomaron y los amores que nunca se confesaron.

 

La película es un espejo donde el tiempo se multiplica: en los rostros arrugados, en los cabellos encanecidos, en los silencios que se prolongan más allá de las palabras. Se borra lo vivido de la memoria, pero se escoge aquello que queremos recordar por siempre: un amor que nunca se dijo, una mirada que nunca se tradujo en voz, una herida que aún no cicatriza.

 

Desde el lenguaje también se aborda el tiempo. Una de las escenas más conmovedoras es aquella en la que Irene, mirando a Benjamín, le dice que ella no es de las que se devuelven al pasado, que no vive de los recuerdos, sino que elige habitar el presente y construir el futuro. Pero también está el otro extremo: el personaje de Ricardo Morales, quien pronuncia la palabra “perpetuo” y, en su acto final, intenta encarcelar el tiempo, encerrarlo tras barrotes como si así pudiera postergar la muerte, detener el dolor, detener la vida.

 

Las escenas visuales también hablan del tiempo, como esa en la estación del tren donde una despedida no solo marca una separación, sino un punto de inflexión: el tren —símbolo moderno del tiempo y del espacio— se convierte en metáfora del amor que se va, de lo que no se dice, de lo que quizás nunca regresará.

 

El secreto de sus ojos es, en efecto, también el secreto del tiempo. Y uno, como espectador, termina de ver esta historia preguntándose no tanto qué se ha resuelto, sino cuánto de sí mismo ha dejado sin decir.


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