Ya en el centro histórico de la capital salvadoreña -abundan videos en redes-, a temperatura exterior más tolerable, una sucesión de imágenes, ambientes, contrastes, esperan al visitante, asumiendo, claro, que cada quien aplicará su particular filtro, movido por simpatía o rechazo hacia Nayib Bukele, su talante personal y estilo de gobierno que a muy pocos dejan indiferentes.
Los ascendientes paternos del mandatario, de origen oriental, llegados más de un siglo atrás a consecuencia de la desintegración otomana, poseedores como la mayoría de sus coterráneos, de destreza comercial, y Él mismo, amasaron fortuna suficiente para optar por la política como actividad principal, campo donde velozmente descolló, ocupando hasta ahora los más importantes cargos del país, con éxito inédito. Palpables ejecutorias y discurso pragmático, liberal, anticorrupción, contra políticos de vieja escuela, le han permitido una conexión más que emotiva, eficaz, con los votantes. Pero además de logros en gestión administrativa, la declaración de guerra frontal contra la delincuencia de calle, de “maras”, pandillas, bandas delincuenciales, dueñas por años de espacios urbanos y rurales, le han dado notoriedad creciente, a escala continental, incluso mundial, no exenta de reparos y quejas por supuestos tratos inhumanos hacia sus integrantes, hoy confinados en prisiones, los cuales asume con serena firmeza, abundando en razones, sin agotarse en estériles controversias.
El conjunto de espacios abiertos, jardines, arborización nativa, restauradas edificaciones con valor artístico, patrimonial, más la nueva y ya emblemática estructura de la BINAES -Biblioteca Nacional-hacen del centro de gravedad local un espectáculo para disfrute de propios o forasteros. No ahorran elogios los raizales hacia equipos de administración local y nacional comprometidos en la tarea de rescate urbano. Hasta hace poco las mismas áreas urbanas eran caos, suciedad, incomodidad, peligro, vergüenza colectiva. Hoy, motivos de satisfacción, de orgullo, a la vista de todos: un país en renovación, en construcción, contando incluso con el aporte laboral de población carcelaria de baja peligrosidad, distinguible por su pulcra indumentaria; camisas amarillas y avanzadas herramientas; actividad creativa por doquier, nuevas escuelas, universidades, bibliotecas, parques, hospitales, mercados públicos, estadios, vías, puertos marítimos y aéreos, entre innumerables obras públicas; todas de última generación, sin lujos, pero igual sin vanos ahorros. ¿Cómo se financia, de dónde brotan recursos para el arrollador tren constructor puesto en marcha por el gobierno? La respuesta del jefe desarma prevenciones: “¡Sin corrupción todo es posible; sin corrupción hay recursos para todo!”
Reales, notables en cantidad, dimensión y calidad, son los avances constructivos; sin embargo, para los salvadoreños, habitantes o ausentes, mujeres, hombres; para la juventud y niñez, el valor social de la seguridad, del respeto latente por la vida, salud, bienes, honras, de individuos y comunidades, es el haber más preciado, el más reconocido y valorado de los logros de Bukele. Cualquier interlocutor citadino o de provincias, seguidor u opositor del gobierno lo mencionará sin mayor indagación. La frase, por reiterada no menos sincera, brota de la gente: “El Salvador es ahora un nuevo país; nadie quiere siquiera recordar al anterior. Antes del Estado de Excepción, esto era un verdadero infierno. La delincuencia mandaba; las maras, las pandillas, ahora recluidas en el CECOT (Centro de confinamiento del terrorismo), nos tenían sometidos; el país era invivible. Extorsión, secuestros, robos, asaltos, narcotráfico, torturas, asesinatos, eran rutinarios en ciudades y campos, en todo estrato económico o social”.
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