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Encanto

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 17 diciembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

A veces, más allá de entenderme, una ardua labor personal para mí, quisiera poder comprender, así fuera por momentos, nuestro espíritu colectivo, si tal amalgama existiera o se anunciara. Resulta que después de 21 años de este siglo acumulamos varias tragedias comunitarias. Me explico: terminamos el siglo veinte con las consecuencias de un demoledor terremoto, … Continuar leyendo

A veces, más allá de entenderme, una ardua labor personal para mí, quisiera poder comprender, así fuera por momentos, nuestro espíritu colectivo, si tal amalgama existiera o se anunciara.

Resulta que después de 21 años de este siglo acumulamos varias tragedias comunitarias. Me explico: terminamos el siglo veinte con las consecuencias de un demoledor terremoto, una tragedia que nos costó centenas de víctimas y la destrucción física.

Luego, el gobierno central y sus conspicuos dirigentes, tomaron la construcción del túnel de La Línea como el comodín financiero de sus campañas políticas nacionales, y aquí, bovinos de carácter, bajamos la cabeza sumisa. Inauguramos, también, un turismo depredador de la naturaleza y además abrimos nuestros bosques y cafetales a la invasión de aguacateras, enemigas juradas de las fuentes y corrientes de agua.

Y lo peor después de casi dos decenios es que aún no entendemos, en medio de una pandemia inacabada, inacabable, que el mayor lío, el enredo superior, somos nosotros mismos con esa devastadora carcoma de la corrupción. 

Lo digo por un cruce de realidades: mientras nos enorgullecemos con ingenuidad provinciana por la aparición de una película de Disney, por Encanto, que poco o nada dice de nosotros, más allá de lugares comunes, las listas inscritas en la registraduría nacional, excepto una o dos excepciones, rebosan vergüenza. 

Los partidos políticos tradicionales, ahora sí, como si este fuera el paraíso de la mediocridad o de la politiquería, su tierra mágica, la sacaron del estadio. Y ni se diga del Pacto Histórico en el Quindío: una pena general en esta provincia encantada.

Hice este avinagrado circunloquio para mirar las listas al Congreso de la República: el partido liberal, el feudo pútrido de César Gaviria, lo hizo bien, de acuerdo con sus intereses y negocios electorales. 

El partido de Vargas Lleras, el componedor de estrategias de derecha, Cambio Radical, ya nos acostumbró a lo mismo: a nada. Y el partido de la U, de la Unidad Nacional, esa agrupación que fue creada con las medidas corporales de un expresidente, ahora liderado por una cacica valluna, repitió su historia:  un candidato anodino, una mujer entusiasta, y un cantinflas eterno, casi cómico. 

Y el Nuevo Liberalismo, con una delegada del populismo de Calarcá en sus filas, lo innovador que tiene es la inscripción de los hermanos Galán como directivos de su partido de bolsillo.

¿Y dónde están los representantes de las fuerzas alternativas en el departamento del Quindío? Agarrados, como si nuestro mayor encanto fuera la ego-manía radical. No pudieron los del Pacto Histórico, por cuenta del fuego amigo desde Bogotá, definir para este territorio mágico una lista seria y de consenso. 

Vaya paradoja: solo el centro democrático, el partido de garaje de otro expresidente, inscribió un candidato interesante y decente, de nuevo, y la Alianza Verde, que sí hizo una excelente postulación: hablo, claro está, de Diego Javier Osorio y de Felipe Arturo Robledo.  

Ah, no registramos un candidato propio al Senado. Nada de risas, por favor, respeten. Somos el territorio del encanto.


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