Inicia el mes de la magia, ese periodo del año en el que cualquier tristeza se desvanece y toda penumbra se extingue, porque las luces de todos los colores brillan con fuerza, difuminando las sombras, el frío y el miedo. Las canciones decembrinas —las tradicionales y las parranderas— comienzan a escucharse, como una reafirmación de … Continuar leyendo
Inicia el mes de la magia, ese periodo del año en el que cualquier tristeza se desvanece y toda penumbra se extingue, porque las luces de todos los colores brillan con fuerza, difuminando las sombras, el frío y el miedo.
Las canciones decembrinas —las tradicionales y las parranderas— comienzan a escucharse, como una reafirmación de la vida y la alegría, luego de tanta zozobra, enfermedad y muerte.
El comercio se activa también, pues la promesa del ansiado aguinaldo se siente con fuerza y con o sin crisis, con o sin dinero; empezamos a pensar de qué manera hacerles sentir nuestro afecto a los más cercanos.
La ilusión por el alumbrado navideño, las novenas al Niño Dios, la natilla y los buñuelos, la cena familiar y el encuentro; llegan con fuerza, en un año particular, colmado de incertidumbre, temor y despedidas.
Una amada amiga me manifestó su desmotivación para arreglar la Navidad, frente a lo cual le respondí: “hay que hacerlo, sacar el árbol y vestirlo —más bello que siempre —, arreglar el pesebre con esmero, instalar las luces y dejarlas brillar y sobre todo… encender la esperanza, porque en medio del desconcierto y el duelo, hemos de agradecer estar sobreviviendo y contar con una nueva oportunidad”.
Es necesario juntar los leños de la fraternidad, atizar el fuego de la felicidad y prender una hoguera que nos inunde de luz y calor, de expectativa, propósitos y deseos por seguir viviendo, de capacidad para el asombro y sobre todo, inmensa gratitud, pues en un tiempo de tantas ausencias y pérdidas, seguimos aquí, llorando a los idos y también, respirando una nueva bocanada de aire… estamos a flote, luego de un naufragio universal, que nos ha enseñado muchas cosas: apreciar la salud, valorar al otro, disfrutar el momento y entender que lo simple es lo más valioso y que ninguna suma de dinero puede comprar lo que más representa y que a veces no percibimos como esencial.
Llegó diciembre y es una buena noticia, la ocasión para renovar la fe, descubrir nuevas razones, avivar el optimismo, afinar la fortaleza e incrementar la conciencia; para disfrutar cada instante y dejar fluir el amor que llevamos guardado por dentro, para volverlo palabras gratas y entrega generosa, para entender lo ocurrido como la alborada a una nueva existencia.
Encender la esperanza, es renovarse desde dentro con la convicción de estar asistiendo a un milagro; asumirse como alguien valioso, único y auténtico; degustar el privilegio de dar y darse, ser sensible, generoso y compasivo. Conocerse y reconocerse, apreciarse en la justa dimensión de la propia identidad, respirar profundo –—entendiendo que el aire es la vida—, sentir sobre la piel el agua de la ducha y de la lluvia, paladear los alimentos y experimentarse vivo… Entregar regalos de inmenso valor y ningún costo.
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