En pleno siglo XXI, en plena cuarta revolución industrial, en un mundo tan digitalizado, tan conectado, estamos desconectados. Los celulares, los computadores, las tabletas y hasta los nuevos relojes inteligentes son elementos importantes, ayudan a minimizar tiempos, a tener bastante información, a conocer qué pasa con los demás al otro lado del mundo. En contraste, … Continuar leyendo
En pleno siglo XXI, en plena cuarta revolución industrial, en un mundo tan digitalizado, tan conectado, estamos desconectados. Los celulares, los computadores, las tabletas y hasta los nuevos relojes inteligentes son elementos importantes, ayudan a minimizar tiempos, a tener bastante información, a conocer qué pasa con los demás al otro lado del mundo.
En contraste, cada vez que nos sumergimos en la tecnología nos alejamos de la realidad constante de nuestra vida. Estamos en un punto central de la tierra donde casi el cielo se junta con el mar; ese cielo es nuestra realidad y la inmensidad del mar la tecnología, cada extremo es totalmente diferente, tiene sus peculiaridades, sus misterios, y creemos que son infinitos y aun inexplorados. El cielo cada vez más arriba y encima de sí un universo incógnito, el mar un mundo colorido pero a la vez tan extraño y extenso.
Imaginemos que en el cielo están los cafés con nuestros amigos, las fogatas, las comidas familiares sin fotos, las pláticas cuando no sabíamos qué hacía el otro, las personas sin filtros, los libros físicos y su olor a hojas nuevas, las bibliotecas, los partidos de fútbol, los juegos de las escondidas cuando éramos pequeños, entre otras muchas cosas que eran tan tradicionales y especiales. Ese mar azul es toda esa información, los aprendizajes a un clic, la infinidad de libros y audiolibros, los miles de podcasts, canciones, videos, imágenes, fotos, ideas innovadoras emprendimientos, retos hechos tendencias, viajes, conexiones sociales.
Pero hemos olvidado algo importante, nos alejamos de un mundo para ingresar al otro. ¿Hace cuánto no cenas sin tu teléfono?, ¿Hace cuánto no sales a la calle sin un celular en la mano? Hace mucho tiempo he intentado desconectarme, haciendo retos, creando hábitos de desintoxicación de redes sociales, pero cada vez es más complejo y difícil alejarse del mar para tener un punto de equilibrio hacia el cielo.
Por momentos pienso que quedé atrapada en un espacio incierto donde aún quiero refugiarme en el cielo, quizás con un poquito de agua del mar; tal vez estar en una fogata tomando una foto con el celular, pero luego pregunto ¿y si disfruto ese momento en tiempo real? Pasa una fugaz voz que dice, luego vas a querer repetirlo a través de un TBT en Instagram, WhatsApp y Facebook y pierdo totalmente esa conexión que tuve con ese cielo, y es un dilema constante que tal vez bastantes jóvenes ‘Z’ tenemos.
Nos criamos en un mundo tradicional y tuvimos un transición a un mundo digital, pasamos de jugar escondite para ingresar a una app, enviar un código y buscar un impostor en nuestro equipo; pasamos de medir nuestro pulso después de correr horas jugando lleva y poner dos dedos en nuestra muñeca o nuestro cuello, a ver nuestro smartwatch para estar seguros de cuántos pasos dimos en un día; dejamos de enviar razones con papelitos, para enviar un emoji o una solicitud de amistad; y muchas cosas que dejamos de ser para pasar a hacer, nos desconectamos de lo real para pasar a lo nuevo real, y aunque ya nos acostumbramos yo a veces tengo flashbacks mentales para quedarme en esos tiempos y pienso “esta nueva realidad es muy especial, pero poco tradicional, es lo que nos tiene entre el cielo y el mar”.
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