Murieron un ministro y un líder sindical a causa de la difícil pandemia que estamos sufriendo desde hace casi un año, lo cual es una novedad en el sentido de recordarnos que este virus ataca a cualquier persona que esté catalogada como ser humano. Pero, desafortunadamente, lo que no sigue siendo diferente es el comportamiento … Continuar leyendo
Murieron un ministro y un líder sindical a causa de la difícil pandemia que estamos sufriendo desde hace casi un año, lo cual es una novedad en el sentido de recordarnos que este virus ataca a cualquier persona que esté catalogada como ser humano. Pero, desafortunadamente, lo que no sigue siendo diferente es el comportamiento de algunas ‘personas’ que se alegran por la muerte de un ser humano, ni tampoco es diferente la actitud de aquellos que terminan siendo selectivos a la hora de hacer duelo por uno solo, cuando previamente han muerto miles más.
Esa es la condición humana que lamentablemente tenemos que vivir. Una en la que la falta de empatía se confabula con el dolor y lo hace más asfixiante para quienes padecen en carne propia los dramas de una enfermedad, ya sean pacientes portadores o los familiares y seres queridos que presencian la ruleta de un virus que puede llevarse a cualquiera.
En marzo del año pasado, muchos empezamos a creer que esta pandemia iba a cambiar gran parte de lo que hasta ese momento habíamos vivido como especie. Que por sí solos, se iban a mover muchos de nuestros comportamientos. Y tal vez, en parte, eso sea cierto. Pero en la mayoría de aspectos las cosas siguen igual. Seguimos presenciando odios, rencores y frustraciones que se han anquilosado en la mente de las personas. De esos pesos muertos que cargamos y no aprendemos a soltar.
Y todo el panorama podría ser oscuro y poco esperanzador, con bajísimas probabilidades de cambios en el sentido de ser mejores humanos habitando este planeta. Sin duda, es lo más cercano a los pensamientos cotidianos. Sin embargo, luego de haber presenciado la lucha que subyace el contagio por la Covid de algunos de mis familiares y el mío propio, sigo creyendo —de manera esperanzadora— en que este virus puede hacernos mejores personas.
En la enfermedad y en los días de aislamiento obligatorio, terminé de comprobar lo que parecería una verdad de perogrullo que vamos olvidando absurdamente: la empatía y la solidaridad nos terminan diferenciando de las otras especies, al igual que nos llevan a sobrevivir.
De estos días que pasaron, viviré agradecido por las personas que brindaron todo su apoyo y estuvieron en entera disposición de ayudar en medio de una dificultad como estas. Nunca olvidaré a aquellas personas que recomendaron medicamentos, bebidas caseras e incluso pusieron a disposición equipos básicos de medición de oxígeno y temperatura. Otras, con palabras de aliento, manifestaron su plena disposición de llevar una comida o un refresco para aliviar la sed solitaria que provoca esta enfermedad.
¡Esa es la humanidad! Aquella que se solidariza con las necesidades de los otros y aquella que incluso pone en riesgo su propia vida por ayudar a los demás. Es en esa humanidad que seguiré creyendo hasta el final.
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