Rodrigo Botero, director de la fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible, indicó respecto al sagrado Chiribiquete: “La investigación entre científicos y sabedores locales abre un universo de posibilidades de un nuevo modelo de desarrollo para la región”.
Una de estas venerables sabedoras, la señora M. sembró su amor por Chiribiquete entre quienes nos reunimos en Circasia. Cuando a especificadas personas de Fiscalía, Procuraduría o fuerza pública se les requiere para proteger lugares neurálgicos de dicha serranía, insolentes e ignorantes, varios de ellos han respondido: “¿Cuál es el problema con unos arbolitos?”. Desde el Quindío, otro fastuoso territorio de Colombia, asechado por la devastadora megaminería, quisiera objetarles a ellos y a miles de colombianos sordomudos frente al tema, que razonan igual y piensan peor: “Entre esos arbolitos, viven centenares de ceibas”. Ser uno chamán, con frases desbordadas de aves y frutos; o conocer el serpentino vocablo transformándose en boa, para conmoverlos con la leyenda de Iroko. La ceiba. Cuando en arcaicas épocas de armonía la muerte llegaba sin dolor a los seres humanos, tierra y cielo discutieron. Solo la ceiba, intermediaria entre los afligidos seres humanos y el enojado cielo, ofreció refugio a quienes sabían hablarle y escucharla. En Chiribiquete, región terreceleste de la humanidad, perduran incontables ceibas toluá, amenazadas por insaciables madereros. La ceiba pentandra, representa la vida, perpetuidad y energía. En espiritualidad maya, sus raíces y ramas delimitan fronteras con los submundos. El problema con los ‘arbolitos’, sí es un severo inconveniente, pero con cierta calaña de depredadores indiferentes a la mayor riqueza arbórea de Colombia, Suramérica y el mundo. Hay múltiples variedades de ceibas en la serranía. No deben tocarse sin previa salutación. Ni temporal, ni huracán, ciclón o rayos, golpean a estos hogares de Olofi, Olorun y Obbatala, considerados sacrosanta casa de las deidades yorubas. Brigitte Baptiste, directora del Instituto Alexander von Humboldt, emocionada por el paradisíaco espectáculo de Chiribiquete, escribió: “Es un lugar de peregrinación milenaria donde aún habitan pueblos no contactados, donde aún va gente desconocida a pintar las paredes de arenisca en un ritual milenario, donde rondan los espíritus de los carijona”. Y la Señora M. enfatizó: “La grande amenaza sobre Chiribiquete es la ganadería. Junto con la palma de aceite, otro factor de deforestación. Los cultivos de coca también son parte de esto”. A su vez, declaró Ricardo Lozano, ministro de Ambiente: “En 2017, por coca se talaron diario 137 hectáreas de bosque natural. Como 161 canchas de fútbol sembradas con coca en ecosistemas estratégicos”. Según recientes análisis del Ideam, anualmente la tasa de deforestación engloba 260.000 hectáreas. “Queremos que el conocimiento ancestral upichia sea instrumento para crear un nuevo sistema de información, valoración y respeto hacia estos lugares”, nos dijo la Señora M.
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