Durante estos días santos los cristianos hemos vivido el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Quizás para algunos observantes y críticos, la fe se ha ido apagando; para otros, el fervor y la devoción de estas hermosas tradiciones se hallan revestidas de un marketing y turismo religioso que opaca la belleza de … Continuar leyendo
Durante estos días santos los cristianos hemos vivido el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Quizás para algunos observantes y críticos, la fe se ha ido apagando; para otros, el fervor y la devoción de estas hermosas tradiciones se hallan revestidas de un marketing y turismo religioso que opaca la belleza de la semana mayor; para algunos, un tiempo de vacaciones sin la más mínima posibilidad de orar. Es verdad que los tiempos han ido cambiando y que hombres y mujeres que han perdido su fe o no han sido educados en una vida devota y piadosa, incluso con actitudes atrevidas, desafían la fe de los cristianos, bebiendo, bailando, haciendo reuniones familiares. Sin embargo, con el respeto que cada uno me merece, desde su decisión personal, quiero enaltecer lo que para hombres y mujeres de fe significó volver a las procesiones, compartir los actos de piedad popular, celebrar juntos la liturgia. Aún para los incrédulos, no se puede ignorar que, esta semana santa, después de dos años de una presencialidad, diezmada por la pandemia, los fieles regresaron manifestando en sus actitudes y comportamiento, fervor, deseo de reflexionar sobre sus vidas, profundidad en su participación y anhelo de cambio interior. Lo sentimos en cada celebración, lo vivimos en el sacramento de la confesión y en la recepción de la sagrada comunión; lo reconocimos en la generosidad y disposición de los fieles incluso de nuestros hermanos privados de la libertad, a quienes tuve la oportunidad de visitar. Además, para ser justos, vimos cómo muchas familias, turistas y peregrinos compartieron su fe y nos dieron una lección de buen comportamiento. Pude contemplar la participación de niños, adolescentes, jóvenes, adultos mayores y el protagonismo de comunidades, grupos y movimientos de espiritualidad, servidores en las parroquias que donaron su tiempo, talento y tesoro para organizar las procesiones y garantizar el orden y la belleza de las celebraciones, así como la preparación de los altares, los pasos y las imágenes. Sentí, como padre y pastor a unos sacerdotes comprometidos y a unas religiosas y religiosos haciendo presencia de amor; vimos a unos seminaristas enamorados de su vocación y dando testimonio de alegría. Sentí una Iglesia más viva que nunca, unas familias que han entendido que su hogar debe ser santuario de vida y de amor; sacerdotes y laicos, mezclaron la creatividad con la belleza de los monumentos, los calvarios, la vigilia pascual. Lo más hermoso es sentir que la Iglesia ha ido ‘reinventándose’, lo que no significa contemporizar con el mundo. Experimenté, desde mi corazón, que Colombia necesita trabajar solidariamente la reconciliación, camino hacia la comunión. He sentido cómo la Iglesia, se acerca cada día más, a la comunidad; de hecho, el sínodo convocado por el Papa Francisco, nos plantea serios desafíos de comunión, participación y misión, abriéndonos a la escucha de los católicos y no católicos, de las instituciones y gestores sociales. Lo manifiesta el diseño de estrategias como ‘una Iglesia en salida’; ‘la parroquia en tu comunidad’, ‘la ruta de la solidaridad’, ‘callejeando la fe’; lo confirman los programas sociales como ‘tejiendo sueños de esperanza’, que propende por una re-significación de la vida de niños, niñas, adolescentes los procesos de deshabituación de quienes han vivido un proceso de rehabilitación en el hospital mental; la alegría de la convivencia de los abuelos en nuestros hogares la Esperanza y Jesús de la Buena Esperanza, el compromiso con el medio ambiente y los diálogos promovidos desde la amistad social, la mesa diocesana de la fraternidad y la pastoral rural y de la tierra. Lo constatan los programas sociales impulsados desde las parroquias y comunidades religiosas, evangelizando lo social. Para la Iglesia este camino es una Pascua, es resurrección. Indudablemente hace falta mucho por recorrer y dar solidez al diálogo de la Iglesia con el mundo y la cultura, así como fortalecer en los diversos escenarios humanos la coherencia y el testimonio evangélico. Una Iglesia que sea creíble desde su opción por los pobres y la pobreza; una Iglesia reconciliada y reconciliadora, que tenga una voz de esperanza para el mundo y la historia; una Iglesia misericordiosa, de puertas abiertas y con un corazón materno, evangelizada y evangelizadora. Esta Iglesia, está conformada por hombres y mujeres frágiles, llamados a vivir en permanente conversión. Desde esta Iglesia, queremos contribuir a la construcción de una sociedad más justa y más humana. ¡Felices Pascuas!
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