Las ciudades del Eje Cafetero han convertido septiembre y octubre en una fiesta del libro. Manizales abrió la ruta con su Feria del Libro, bajo el lema “Voces de la montaña. Culturas y caminos de los Andes”. Armenia le siguió con la Feria Internacional del Libro de Armenia y el Quindío (FILAQ), invitándonos a mirar hacia arriba: “El cielo: una página abierta, un océano de pájaros”. Y ahora Pereira prepara su propia cita, dedicada a “La memoria: guardiana de la cultura”. Tres encuentros distintos —en tres ciudades diferentes— pero unidos por el mismo gesto de recordarnos que el libro y la lectura son, al mismo tiempo, voces, semillas y memoria.
Cuando se habla de feria y de fiesta pareciera que nos referimos a realidades distintas. La primera evoca mercado, intercambio, movimiento. La segunda, celebración, júbilo, comunidad. Sin embargo, ambas nacen de la misma raíz: los días especiales de la Roma antigua en los que se suspendía la rutina para honrar a los dioses, descansar y encontrarse con los otros. En esa suspensión se abría lo que hoy podríamos llamar “un tiempo otro”, distinto al de la productividad, cargado de sentido simbólico y colectivo. Ese mismo tiempo lo abren nuestras ferias del libro, que son tanto espacios de intercambio como celebraciones de la palabra.
En Manizales, las voces de la montaña traen esta semana consigo la fuerza de lo ancestral. No solo se está hablando de literatura, también de territorios, culturas y caminos que han tejido identidad en medio de la cordillera. Allí, la feria está siendo una fiesta de la oralidad y de la diversidad, recordándonos que cada libro prolonga las voces que vienen de atrás y se proyectan hacia adelante.
En el Quindío, la metáfora del cielo se llenó de semillas que vuelan como pájaros. Más que una sucesión de estands, la feria se vive como una siembra: editoriales independientes, talleres para niños y diálogos con autores locales e internacionales son los surcos donde la palabra germina. Cada actividad deposita una semilla en quienes participan, con la promesa de convertirse en nuevos lectores, nuevas ideas y nuevos proyectos. Así, la feria crece en un terreno fértil donde la palabra, al mismo tiempo, hunde sus raíces y emprende el vuelo.
Y en Pereira, la feria se anuncia bajo la invocación de la memoria como guardiana de la cultura. Allí la palabra escrita y oral se entrelazará con el deber de no olvidar: memorias personales, memorias colectivas, memorias heridas y memorias esperanzadas. Será una fiesta que nos recuerde que leer es un acto de resistencia frente al olvido, y que cada libro funciona como archivo vivo que protege lo que somos.
Por eso, hablar de ferias del libro es hablar de fiestas culturales. En ellas se compran textos, sí, pero sobre todo se comparte un tiempo distinto, un tiempo otro, donde voces, semillas y memorias se cruzan para resguardar la vida misma frente al silencio.
¡Que sigan viviendo las ferias y las fiestas!
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