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Fiesta en español

Mauricio Hernández

miércoles, 11 febrero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El domingo pasado, la cultura popular tuvo uno de esos momentos que parecen ligeros, pero dicen mucho más de lo que aparentan. Trece minutos. Solo eso. Y, sin embargo, bastaron para que millones de personas discutiéramos durante días.

El protagonista fue Bad Bunny, invitado al espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. Más de 135 millones de personas mirando. Un escenario históricamente dominado por el pop anglo. Y, de repente, español. Caribe. Barrio. Dominó en el andén.

A mí el espectáculo me gustó de principio a fin. Y lo digo sin culpa. Porque mientras algunos se apresuraron a diseccionar el show como si fuera un tratado sociológico, yo preferí lo evidente: fue fiesta, ritmo, identidad. Entretenimiento, sí, pero de ese que también dice “aquí estamos”. 

Hay una especie de superioridad disfrazada en cierto comentario cultural: la idea de que disfrutar algo popular es caer en lo simple, y que lo serio solo ocurre en el arte que solo a ellos les gusta. Pero la vida no funciona así. La vida también ocurre en lo que se canta, se baila y se repite en coro.

El arranque era una postal latinoamericana: viejos jugando dominó, una niña saltando en una golosa, frases que sonaban a pueblo y a calor. No era una escenografía exótica para turistas; era memoria. Luego apareció Benito —no el personaje, el nombre propio— recordándonos que antes del “conejo” hay un origen: Benito Antonio Martínez Ocasio. Nombrarse también es una forma de resistir. 

Y todo ocurrió en español. En el corazón del “american football”. Eso, por sí solo, ya era un gesto político. Desfilaron escenas cotidianas: vendedores callejeros, arreglo de uñas, comida de esquina, vendedores de oro, la gente bailando como bailamos cuando nadie nos está mirando. Nada sofisticado. Nada importado. Puro barrio. Puro Caribe. Como diciendo: no necesitamos traducirnos para gustar. Y ahí estuvo el golpe fino: no fue una “adaptación” para el público anglo; fue una afirmación para el público latino, que también estaba mirando.

Lady Gaga, Ricky Martin, Karol G., Pedro Pascal, entre otros, estuvieron presentes. No se sentían forzados: parecían amigos colándose a la fiesta. Como cualquier reunión familiar grande donde siempre cabe uno más, y donde siempre hay alguien que se anima a bailar aunque diga que no sabe.

Muchos compararon cifras, rankings, si fue mejor o peor que los show de Michael Jackson o Kendrick Lamar. Esa discusión me aburre. El punto no era competir. El punto era ocupar el espacio. Porque durante años nosotros hemos visto espectáculos ajenos, en idiomas ajenos, aprendiendo sus referencias como tarea obligatoria. Esta vez ocurrió al revés. Esta vez los gringos quedaron “gringos” con nuestras claves, nuestros gestos, nuestras canciones. Muchos quedaron perdidos, incluso Trump. Y, lo confieso, hubo algo deliciosamente justo en eso: por una noche, el centro del espectáculo tuvo acento tropical.

Al final, cuando aparecieron banderas de toda América y el mensaje insistía en el amor por encima del odio, entendí lo que más me gustó del show: no pedía permiso; no pedía traducción; solo decía “aquí estamos, bailando”. Y a veces eso basta.


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