Con respeto por millones de opiniones contrarias; con igual sentir por otras tantas que quizás compartan lo aquí expresado, cristianos, católicos, y de otras filiaciones religiosas alrededor del globo, permanecemos en sintonía con cuanto acontece en Roma, en torno a la elección del nuevo pontífice de la Iglesia, fundada por Pedro apóstol hace dos milenios.
El deceso de Jorge Bergoglio, cuyo nombre oficial ya contenía motivos de debate, al adoptar como referente orientador a Francisco de Asís, tenido en el santoral como modelo de pobreza, de sencillez, inspirador de la Comunidad que lleva su nombre, aunque algo distante del mensaje educacional, misionero, difusor de fé y de servicio, enseñas de la Compañía de Jesús -Jesuitas-, orden religiosa fundada por Ignacio de Loyola donde se formó y realizó su carrera eclesiástica, abre interrogantes e incertidumbres, tanto sobre su desempeño, logros y fracasos al frente de la institución, durante 12 años de pontificado, como del futuro de esta y de la misma fé católica. Diversos y complejos son los frentes que el primado de Roma debe atender en su ejercicio. Por una parte, la guianza pastoral y doctrinal de una grey estimada en 1400 millones de almas en los cinco continentes; por otra, la función de Jefe de Estado del Vaticano, ciudad-país con estructura burocrática, entramado político, económico, diplomático, de reconocida influencia geoestratégica, entre los obvios y principales encargos. No obstante, superando toda responsabilidad funcional, el Papa ejerce una tutela espiritual con profunda incidencia política, sobre todo en países de raigambre católica, también con proyección global.
Y definitivamente el mensaje de Francisco en el plano ideológico-político, a tono con la tendencia woke-progre, de tonos rojo y arco iris, chocó de frente contra acendrados fundamentos de fe y doctrina, que produjeron desconcierto, dudas, e innegable erosión de credibilidad hacia la cabeza eclesial. Casos graves de desaciertos y corrupción en la cúpula financiera Vaticana; indiferencia respecto a la adopción legal del aborto -en la práctica, eliminación intencional de vida humana-, tolerancia con tiranías como la de Cuba, Venezuela, y demás, culpables de éxodos masivos, de sangre, dolor y destrucción; silencio frente al terrorismo, audiencias presenciales para verdugos de naciones y allegados, indefinición sobre temas álgidos como el celibato sacerdotal, participación femenina y delitos sexuales de la curia; interrogantes ambiguos como aquel, “quién soy yo para juzgarlos”, y otorgamiento de equívocas “bendiciones” para parejas homo, son manchas indelebles en su lapso papal. Igual lo son la condena, la proscripción hacia prácticas rituales, ceñidas al latín y a la liturgia pre-Vaticano II; su despreocupación por la escasez de vocaciones sacerdotales o por la veloz pérdida de feligresía, sin respuesta visible o audible. Quo vadis (a dónde vas), Francisco, preguntaba esta misma columna hace años, cuando la brújula papal oscilaba sin acertar el norte. Jamás lo halló.
“Papa de los pobres”, insisten en llamarlo. Quizás por su deseo de amparar la pobreza, multiplicándola, queriendo ponerla a comer siempre del plato estatal, bajo techo estatal, dictado del progresismo – más bien pobresismo-, negándole la posibilidad a la gran masa popular, de superar tan oscura condición, en lugar de haber promovido el trabajo, la productividad; priorizando la creación de riqueza desde la inversión de capitales y su equitativa distribución a través del trabajo remunerado. Quiera el Espíritu Santo, inspirador de los cardenales electores, abrirle el camino a una clara y renovada conducción religiosa en armonía con las tendencias correctivas en la orientación política del orbe.
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