Escuché en las escalinatas de la cancha de baloncesto del colegio Jorge Robledo, por boca de un declamador la historia del lobo de Gubbio y San Francisco de Asís, escrita en un estremecedor poema de Rubén Darío, el autor nicaragüense. En esa historia, dicha por los recitadores de Calarcá, el lobo que asolaba los campos … Continuar leyendo
Escuché en las escalinatas de la cancha de baloncesto del colegio Jorge Robledo, por boca de un declamador la historia del lobo de Gubbio y San Francisco de Asís, escrita en un estremecedor poema de Rubén Darío, el autor nicaragüense.
En esa historia, dicha por los recitadores de Calarcá, el lobo que asolaba los campos y agredía a los habitantes de Gubbio, en Italia, en un momento de lucidez agachaba la testuz frente a la santidad de Francisco de Asís, el defensor en la iglesia de los animales, y pactaba la paz con los campesinos. Luego, esa reconciliación se dañaba y el lobo, humillado, volvía a sus andanzas.
En resumen, en el poema “Los motivos del Lobo” queda en evidencia la feracidad de los hombres frente a la naturaleza, pero también la oportunidad de dialogar entre dispares y contradictores.
Hace meses un verdadero apóstol de la paz como Francisco de Roux invitó al expresidente Álvaro Uribe Vélez a comparecer ante la Comisión de la Verdad, como ya lo hicieron otros exmandatarios del país. La respuesta fue siempre, sujetado a su deseo de impunidad total para sí y para sus amigotes, que él desconocía la legitimidad de la Comisión y que, como repite la letanía de sus compinches, esas instituciones tienen un sesgo ideológico.
De un tiempo para acá la opinión pública, antes de su lado en buena parte, empieza a entender que Uribe Vélez es un lastre en el escenario político, y que su apego demente al poder es solo una estrategia para evitar el necesario juzgamiento de sus actos en los ámbitos políticos y judiciales.
Cuando su olfato político y las encuestas se le dijeron, de su incontrolada decadencia, Uribe Vélez imaginó que sí montaba una escenografía, un discurso reiterado, unos medios de comunicación amistosos a su lado, y se valía de la bondad del clérigo, de Francisco, podía lavar sus culpas ante el país completo.
El apóstol de la paz, como algunos lo llaman, fue a la cueva del lobo para escuchar sus relatos, ya conocidos por todos. Pensaba el comisionado que tal vez el hombre, ya arrinconado por la historia, tuviera un poco de compasión por las víctimas. Nada de eso sucedió.
Lo ocurrido en la finca del expresidente Uribe Vélez deja una enorme lección para los colombianos. La verdad del conflicto, sus causas, hacen parte de un portafolio de intereses, como la tierra o el comercio frenético de ilegalidades, y se parapetan en venganzas personales sin fin. Y también que la soberbia y el unilateralismo, en lo personal o social, solo nos llevan a una calle ciega.
Cree Uribe Vélez, y también sus adláteres, que se llevó un triunfo frente a las fuerzas de izquierda, cuando humilló con su palabrería y gestualidad al padre Francisco de Roux. No han entendido, y no lo entenderán pronto, que la nación empezó a gestar un nuevo ciudadano, más activo y menos sumiso.
El padre Francisco nos enseña un camino.
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