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Fuego y agua 

Óscar Piedrahíta

lunes, 18 abril 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Después de meses de miedo, enfermedad, muerte, aislamiento, zozobra y tensión; luego de celebraciones religiosas mediadas por las tecnologías, con ausencia en los templos y prácticas de piedad a través de la pantalla, se vivió una Semana Santa intensa en fervor y también en afluencia de turistas. Mucho movimiento espiritual y humano, bellas ceremonias, lleno … Continuar leyendo

Después de meses de miedo, enfermedad, muerte, aislamiento, zozobra y tensión; luego de celebraciones religiosas mediadas por las tecnologías, con ausencia en los templos y prácticas de piedad a través de la pantalla, se vivió una Semana Santa intensa en fervor y también en afluencia de turistas. Mucho movimiento espiritual y humano, bellas ceremonias, lleno total en los templos católicos y un avivamiento de la fe, pues definitivamente, es fundamental la presencia para entrar en conexión con un Ser Supremo, escuchar una homilía, recibir un sacramento, participar, compartir y en general, dar nueva lumbre a la llama de la vida espiritual. 

El fuego –como símbolo de la Pascua– y el agua – presente de muchas maneras, en las Sagradas Escrituras y en los rituales eucarísticos –, estuvieron acompañando el simbolismo de un tiempo de recogimiento, fervor, devoción y oración. 
Una oportunidad para fortalecer la espiritualidad y también para disfrutar del descanso y la unión familiar. Un momento para restablecer las fuerzas e iniciar con renovado entusiasmo otro periodo. 

En el alma y la memoria, deben permanecer el fuego y el agua… 

Fuego para activar la alegría, renovar el propósito de estar vivos, asumir los retos con ganas, con efervescencia, con deseo y contagiar a otros con una luz interior que brinde calor e inspiración, que permita revelar el camino hacia el futuro, reinventar el sentido de lo que hacemos y buscamos, encendernos… 

Fuego para incinerar la angustia y el miedo, para dejar atrás la idea de morir y elegir más bien, con gratitud e intensidad, vivir, con la mayor dicha y plenitud que sea posible hacerlo. Para quemar el pasado, con todas sus sombras, tomar de los vestigios del ayer solamente la memoria de los buenos momentos y los aprendizajes de aquellos que no lo fueron tanto, para volver cenizas la amargura y frustración, los dolores y resentimientos… Y así como en el fuego se hacen más livianos los metales, para ser moldeados hasta llegar al arte, así ablandar la dureza del ayer y tomar una forma distinta, mejor, que fruto de la madurez y la comprensión de los acontecimientos, nos permita emprender otro sendero, con un equipaje más liviano, con los ojos humedecidos solamente por la esperanza, convencidos de estar contemplando un horizonte amplio y prometedor. 

Agua, para limpiar todo lo nos aparte de la pureza, para borrar lo que nos ensombrezca… Para lavar los rencores, la polarización, la cizaña, el resentimiento y la envidia, para quitar de los ojos cualquier sombra y poder contemplar con claridad el futuro personal y colectivo que anhelamos tener. 

Agua para que active la vida dentro de la semilla y podamos sembrar la tierra con manos y fuerzas nuevas, para que entendamos que el porvenir no se aguarda, se edifica… y que con fuego en el alma y limpia agua fluyendo por el espíritu, lavando y fecundando al mismo tiempo, podremos iniciar un nuevo momento, siendo cada uno de nosotros mejor y labrando juntos un Quindío más próspero y un país en el que queramos habitar por siempre, donde el futuro no sea una incertidumbre, sino la certeza de una construcción consciente, persistente, honesta y compartida. 


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