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Generación de traumados 

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 26 marzo 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Acaba el Congreso de la República de aprobar la prohibición del castigo físico en Colombia.   Alguna vez en mi familia un padre acucioso empujaba a su hijo sobre un tanque de agua, solo para corregirlo. Le hundía su cabeza en el líquido helado, y así lo sostenía en una práctica de ahogo que corregiría su … Continuar leyendo

Acaba el Congreso de la República de aprobar la prohibición del castigo físico en Colombia.  

Alguna vez en mi familia un padre acucioso empujaba a su hijo sobre un tanque de agua, solo para corregirlo. Le hundía su cabeza en el líquido helado, y así lo sostenía en una práctica de ahogo que corregiría su comportamiento díscolo. 

Vi cómo al fracasar esa fórmula, el mismo niño, inquieto, era amarrado por horas en el testero de la cama, maniatado, para que no saliera a patear un balón a la calle de Fusa, en Calarcá. Ese niño, luego como joven y ahora como adulto nunca olvida esas torturas, y tiene marcas indelebles en su carácter. No sabe socializar bien y repulsa casi todo. 

En la misma casa existía un rejo retorcido, un cable de la plancha mojado para castigar a los desobedientes. Ese rejo, tieso, debía traerlo a las manos del padre la misma víctima, en silencio y sumisa, y era obligada a no llorar, como parte de un castigo terrible que se convertía en una ordalía cotidiana.  

En otra rama de la misma familia, observé alguna vez cómo castigaban a un muchacho rubio, de ojos claros, porque jugaba con muñecas, las vestía, desvestía y las mimaba. Ese niño, ya de adulto, es homosexual como se anunciaba, y vivió su infancia contra su naturaleza, y su madurez de hoy es un reguero de malos recuerdos. Odia la memoria de su padre, un sembrador de hábitos del miedo. 

Aquí en nuestra región el castigo físico ha sido una constante, y aun creen, muchas señoras y personas adultas, que es válido. Imaginan que un correazo a tiempo, un chancletazo quemante o un golpe pueden destorcer lo dañado y arreglar lo fundido. Hace parte esa creencia de ese legado, muy latino, de pensar que la violencia puede componer el árbol torcido desde la raíz. 

En América Latina y el Caribe 16.8 millones de niños entre los 2 y 4 años reciben nalgadas y otros castigos físicos en reprimenda por su comportamiento, o como medio para corregir su conducta. Esto significa más de la mitad de los menores de entre 2 y 4 años. 

En más de cincuenta estudios científicos se demuestra que hay graves repercusiones en el desarrollo de las niñas y niños. Los castigados casi siempre tienen, según esos análisis, desarrollo cognitivo lento y evidencian líos de desregulación emocional y agresividad, y luego un riesgo mayor de sufrir de su salud mental, en particular depresión o ansiedad.  

Esa práctica del castigo físico se agravó con el carácter autosuficiente y autoritario propio de la cultura paisa, donde se cree en el patriarca como dador de vida y de permisos para sentir. En la región paisa se han criado machos maltratados, víctimas de una visión de mundo extraída del Antiguo Testamento, ese libro de afrentas divinas que nos condena a un infierno en la tierra.   

Víctimas que se convierten, por el hogar o por la escuela tradicional, en victimarios.   
 


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