Ha habido una idea, maniquea sí, de la existencia de gente de bien. Estimulados por ese afán de preservar el statu quo de una rancia aristocracia quisimos desde el siglo diecinueve asimilarnos a las monarquías europeas, aquellas que se pensaban como parte del hálito divino. Desde ese tiempo nos calza a la perfección lo de … Continuar leyendo
Ha habido una idea, maniquea sí, de la existencia de gente de bien. Estimulados por ese afán de preservar el statu quo de una rancia aristocracia quisimos desde el siglo diecinueve asimilarnos a las monarquías europeas, aquellas que se pensaban como parte del hálito divino. Desde ese tiempo nos calza a la perfección lo de imitadores y arribistas.
Para los monárquicos existían dos corrientes de la gente de bien. De una parte, la familia extendida del monarca, la corte real y, de otra, los clanes de los nobles, que con otros privilegios de propiedad de las tierras sustentaban un triángulo de tenencias. De allí heredamos las relaciones verticales que nos han juntado o segregado.
En Colombia la gente de bien nos ha gobernado durante más de doscientos años, y se define como defensora de la familia endogámica, crédula de Dios y la Virgen María, y superior al ámbito moral de los demás, a quienes juzga y condena de acuerdo con su religión.
En un tiempo, desde la expedición de la Constitución de 1886, era el dios de los católicos, luego fue el dios de los cristianos o el de las iglesias de garaje. Un dios que los empapa de honradez per se y de la capacidad de culpabilizar a los demás.
La gente de bien es, según ellos mismos, un modelo de ser humano. Trabaja mucho y cree como en la cultura paisa tradicional que el activismo, más que la felicidad de vivir, nos procura gratificación. La gente de bien estima que su noción de patria es prioridad, atada esta concepción a la sumisión absoluta a la autoridad delegada.
Hace pocos días la gente de bien salió en Cali a confrontar a la guardia indígena, a amenazarla y dispararle porque llegaba a la ciudad y se atrevía a invadir sus territorios. Vestida de camisas blancas, y con armas de todo tipo, la gente de bien quiso poner orden, defender sus propiedades y satisfacer ese sentimiento de superioridad que los asiste.
También ha marchado la gente de bien en Medellín, la meca de la doble moral. Y marchó, por estos días, en Armenia como un riachuelo blanco que promovía el silencio. El mismo silencio que le pide la gente de bien a los demás conciudadanos frente a la violencia de Estado. ¿No sabe la gente de bien que el gobierno lleva un mes con artimañas de dilación para aupar el enfrentamiento entre colombianos?
Lo sabe, sí, pero cree que así debe actuar el gobierno frente a los “terroristas”, a “los vándalos”, y a “los vagos”, que solo estropean la armonía de la producción.
La gente de bien aplaudió con frenesí el robo perpetrado con la construcción del túnel de La Línea. La gente de bien, como el presidente de la Cámara de Comercio, Rodrigo Estrada Reveiz, promotor de la marcha del silencio, ha cohonestado la politiquería en Armenia.
La gente de bien bloquea el progreso del Quindío. ¿Quiénes son los verdaderos vándalos? Hagamos una lista.
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