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¡Gestores de Paz!

Monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez

domingo, 25 diciembre 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Ante el anuncio del Gobierno Nacional de solicitar, mediar y agilizar ante la Fiscalía, la liberación de los involucrados en los desmanes de la protesta social en el 2021, denominada ‘primera línea’, quedan muchos interrogantes, sinsabores y la frustración ante la impotencia social que estas acciones generan. Es probable, como ha ocurrido con otras columnas, que algunos lectores e incluso columnistas de este mismo diario, me señalen y digan que soy ‘enemigo de la paz’ por no callar ante los exabruptos sociales que estamos contemplando, con el aplauso de los que buscan prebendas o elogios humanos. No me mueve la vanagloria, ni los aplausos sino el sentido de una justicia social bien entendida. Mi compromiso es con la paz y lo quiero ratificar, pero, una paz entendida como don de Dios y tarea de todos por construir. La pregunta que muchos colombianos nos hacemos es ¿Cómo pasar de un vandalismo y terrorismo sin justificación, atropello a los derechos humanos, afectación de la convivencia pacífica a convertirse en ‘gestores de paz’? es algo que nos debe cuestionar.

Claro, que quienes han delinquido y quienes han estado tras las rejas pueden enmendar sus errores y, desde el perdón, convertirse en adalides de la paz y la justicia; todos tenemos derecho a un cambio de vida y yo mismo he sido testigo de la transformación interior y exterior de una persona ‘convertida’. Sin embargo, no se puede ignorar que se trata de un proceso; no basta con un diplomado y presentarse ante la justicia periódicamente para dar cuenta de los actos; no basta con la buena fe, se requiere un compromiso social. El perdón de lo imperdonable es posible, es verdad, pero el perdón exige la justicia, como lo expresaba sabiamente el Papa San Juan Pablo II: ‘no hay paz sin perdón y no hay perdón si justicia’; el perdón es una decisión libre y personal que NO significa ‘impunidad’. Quienes han hecho daño deben comprometerse a resarcir el daño social, de ahí que la justicia transicional plantea un camino lógico: justicia, verdad, reparación y no repetición. Quisiera entonces invitarles a construir juntos esta reflexión sobre los gestores de paz.  Bienvenidos aquellos que quieran construir la paz; tienen que crearse las reglas del juego bien claras para que, socialmente no se venda un mensaje que puede ser más nocivo que beneficioso para quienes incluso van a ser gestores de paz. Para ser gestor de paz hay que construir un camino; no se le puede decir a una persona que ha sembrado cizaña, maldad, discordia y división: ‘venga que ya usted es gestor de paz’. Se requiere una preparación que debe empezar con un ejercicio de ‘auto perdón’; primero, hay que ayudarle a la persona a sanar su interior, a liberar su corazón de odios y resentimiento; el primer camino es perdonarse a sí mismo porque la persona tiene rabia contra ella misma, con la sociedad, con su familia; luego, ayudarle a sanar su corazón con relación a la sociedad, con relación a las personas que le rodean -su familia, el gobierno, los vecinos-. Continúa el proceso hacia la reconciliación que exige coherencia, honestidad, autoridad moral. Esto quiere decir, que un gestor de paz se hace y se construye cada día, por lo tanto, es un trabajo de conquista, de pedagogía social y pedagogía ciudadana. 

No tengo conocimiento si el presidente Petro tiene claro cómo va a construir este camino, no sé si los colaboradores del presidente tengan claridad sobe este proceso; nos han dado señales, sin embargo, veo ambigüedad, con el peligro de querer cumplir promesas afectando la estabilidad de la justicia misma. Como obispo de la diócesis de Armenia y buscando generar ‘esperanza’, debo advertir acerca de los peligros y de los mensajes negativos que se construyen socialmente porque desfiguran el camino de la paz. Una persona, al salir de la cárcel, así haya estado un tiempo breve, necesita adaptarse de nuevo al ambiente social y hay que ayudarle, pues generalmente su salida se produce en medio de dolor, rabia, esperanza y alegrías; puede llegar nuevamente a escenarios donde los factores de riesgo son muy altos por lo que su reincidencia es probable debido a la falta de políticas públicas y estrategias sociales desde nuestros gobiernos para blindar los procesos de resocialización. Ese hermano que sale de la cárcel o que fue acusado de pertenecer a la primera línea o que participó de los desmanes, desde la resistencia, imprimiendo violencia, miedo, terror, debería caminar un tiempo prudente en formación, que comienza por su realidad personal y sus potencialidades, pues a esa persona se le va a entregar una bandera, una consigna muy importante, siendo mediadores y agentes de reconciliación. 

Soy consciente que, ante estas reflexiones, puede suceder lo contrario: si yo hoy, obispo de la Diócesis de Armenia, hablo de estas cosas, mañana me pueden tildar como enemigo de la paz, por decir que se necesita una pedagogía. El mismo Jesús nos enseña en el evangelio la pedagogía del amor que pasa por el perdón y la reconciliación y a la vez nos recuerda: ‘de la abundancia del corazón hablan los labios’ (Lc 6, 45). ¿De qué puede hablar una persona resentida, llena de odio y deseo de venganza? ¿De qué puede hablar una persona que tiene en su corazón esperanza, dulzura y ternura? Yo hablo de perdón y reconciliación porque soy un convencido, hablo de esperanza porque me siento como un profeta de esperanza en esta tierra quindiana, pero, tenemos que llamar las cosas por su nombre y entender que, si estos caminos no se hacen con pedagogía, se truncan los procesos como se han truncado muchos procesos sociales. Esto no puede ser simplemente un ‘chispazo’, del que seguro se producirá un show mediático, que se apaga en el tiempo; tiene que ser un ‘camino’ en donde se avive el ardor de ese fuego para poder ser gestores de paz.


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