No me gusta sobrevolar los restos mortales, recién amortajados, de mis amigos. Siento pudor y pena. Estoy de acuerdo con Carlos Alberto Villegas, quien desde niño dice con sabiduría que a la gente hay que celebrarla y homenajearla en vida: después, para qué. Tiendo a ocultarme, como algunos, del dolor de reconocer que un amigo … Continuar leyendo
No me gusta sobrevolar los restos mortales, recién amortajados, de mis amigos. Siento pudor y pena. Estoy de acuerdo con Carlos Alberto Villegas, quien desde niño dice con sabiduría que a la gente hay que celebrarla y homenajearla en vida: después, para qué.
Tiendo a ocultarme, como algunos, del dolor de reconocer que un amigo o un pariente murió o se fue. De seguro hace parte de esas micro-cobardías o miedos que paralizan a los flojos irredentos, como yo.
La muerte de Giovanny Gómez, como a muchos de sus contemporáneos, nos estremeció. No tenía, supone la ingenuidad de mi espíritu, rostro ni caminado pronto de hombre finito.
Hace poco nos llamó desde Pereira, para visitarnos en Calarcá, como lo hacía cada vez que iba a programar su Festival Luna de Locos o cuando, como lo hicimos juntos, íbamos a tratar de convencer a alguien, a un secretario o a un oyente, de la necesidad de hacer en Armenia el brazo extendido de la Feria Internacional del Libro, del Eje cafetero, que ya era un capital simbólico en sus bolsillos para Pereira.
En mi caso, pensaba, que si bien Pereira era el epicentro de la feria, podíamos realizar en Armenia, al mismo tiempo, una deriva con editoriales independientes y universitarias, y poner a funcionar una ruta circular de transporte entre las dos ciudades, con estudiantes de colegios y de pregrados de humanidades. Él estaba de acuerdo, y pensaba que parte de la programación cultural contratada para Pereira podía venir a nosotros. Lástima: en el Quindío casi nadie nos escuchó o nos atendió cuando fuimos a relatar nuestras elucubraciones.
Cuando estuvo en el Café de Carlos nos entregó, con deleite, su revista número 30 de Luna de Locos, del año pasado, en donde reposan algunos de sus poemas, como Solenoide, La vida insuficiente o ¿Qué sueñan mis sueños? La revista Luna de Locos es otro de sus logros en nuestra región. Maravillosa esa publicación por útil y por bella.
Luego de contarnos sus planes para el 2021, y cómo sería esta vez la alianza, nos contó, con su voz suave, armoniosa, los avatares de su programa de Cine con Alma en la Cámara de Comercio, y cómo allí, en Pereira, sus proyectos tenían importante respaldo institucional. Nos preguntó, como siempre lo hacía, por nuevos escritores y publicaciones en el Quindío, y tomó un riguroso apunte para integrarnos a sus sueños.
Me gustaba mucho su manera de contar las películas y sus viajes. Lo hacía sin prisa, y revivía las escenas con detalles que solo él podía ver. Imaginamos juntos un gran homenaje para Carlos Alberto Castrillón, para apoyar su recuperación. Admiraba con explicitud la labor del maestro.
Nos quería a su manera dulce. Como era su poesía y su vida, pródiga. Disfrutaba conversar sobre autores del Eje Cafetero desde Calarcá, como si nuestro aire lo reconfortara aún más. Construyó grandes obras de gestión cultural, y solo el tiempo nos dirá si seremos inferiores a su memoria.
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