En Guayacanal, la novela de William Ospina, que no cuenta estos sucesos, encontré un rastro de la colonización del Viejo Caldas, y cómo estos territorios, entregados desde España, fueron, por cuenta de los terratenientes, marcados por la muerte.
Muchas veces no entendí la diversidad de chales de lana de mi abuela Marina, o el carácter brumoso de ella, quien había venido con su madre, la mamá Adelaida, desde San Félix, Caldas. Parecía preparada siempre para el frío.
Nada era más sorprendente que ver cómo descendía desde la montaña la niebla en la vereda Bohemia en Calarcá, arropaba los cafetales de una tierra templada, o cerca al puente de La Florida, como si fuéramos vecinos de los riscos de naciones heladas.
Un día vi a la abuela Marina, después de contar una anécdota sobre la mamá Adelaida, y su hábito del tabaco, como lloraba mirando las fotografías a blanco y negro de los féretros de una masacre de su familia López, donde habían sobrevivido Mariela, Adela, Adíela, Morelia, Maruja, Oziel, los que recuerdo, y habían muerto, pasados a machete y bala, los padres y varios hermanos.
En Guayacanal, la novela de William Ospina, que no cuenta estos sucesos, encontré un rastro de la colonización del Viejo Caldas, y cómo estos territorios, entregados desde España, fueron, por cuenta de los terratenientes, marcados por la muerte.
Las concesiones Aranzazu y Burila son evidencia de un despojo ya notariado desde antes de fundarnos como pueblos. Cuenta Ospina de las 500 mil hectáreas de la concesión Aranzazu en Caldas, y de cómo sus propietarios, a través de Elías González, las defendieron, a intervalos, a sangre y fuego de los colonos recién llegados.
Es una novela sorprendente, apasionante, y de todos los libros de William Ospina, por su bella prosa, contenida y precisa, descriptiva de nuestro paisaje ampuloso y agreste —lo que aún queda—, creo entenderlo como íntimo y valioso para nosotros, aun cuando no habla en particular del Quindío, excepto cuando dice, entre otras cosas, que la lista de masacres en Colombia durante más de medio siglo, al detalle, le fue entregada por Johnny Delgado Madroñero en una de sus visitas al Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales.
Decir que William Ospina es un gran escritor suena a repetido. Hablar de su calidad humana, también. Guayacanal, además de su finura estilística, nos cuenta de la vida de la mamá Rafaela, la bisabuela del escritor, de su cómplice Josefina, y de cómo las mujeres, mientras algunos machos se mataban entre sí o tocaban la guitarra y cantaban, como su padre Luis, construían hogares y familias ya fuera al norte del Tolima, en Padua, en Caldas o en Risaralda, con pioneros venidos de Sonsón o de cualquier pueblo de la Antioquia de los abuelos.
Mamá Rafaela es la mujer colonizadora, como lo fue doña Arsenia, en el Quindío, la esposa del Tigrero. Mujeres, como Josefina, que además de cuidadoras de una familia, decidieron el carácter de un pueblo.
Mamá Rafaela, con y a pesar de los hombres, construyó una comunidad alrededor de su comedor, y un rito de alegría y de conservación de los recuerdos de los muertos. Mientras los machos olvidamos a granel, las mujeres bailan y rememoran los vestidos de antaño y los gestos de los antepasados.
Mamá Rafaela, Josefina y Ludivia, las mujeres de la novela, insumisas ante la frivolidad o el relámpago, perpetúan una manera dulce, fuerte y persistente de ser individual y colectivo.
La reivindicación de lo femenino en Guayacanal me seduce y reconforta. Somos y fuimos por cuenta de unas mujeres que no se doblegaron ante el filo de la montaña o del machete de la crueldad.
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