Hace días una publicación de internet canadiense, llamado Qué pasa, situó a Armenia como la ciudad donde se habla el mejor español del mundo. Otra mentirilla más para la colección, como les gusta a los quindianos. Me llamó la atención porque el lenguaje, el habla, comporta el cómo se dice y emite, el significado profundo … Continuar leyendo
Hace días una publicación de internet canadiense, llamado Qué pasa, situó a Armenia como la ciudad donde se habla el mejor español del mundo. Otra mentirilla más para la colección, como les gusta a los quindianos.
Me llamó la atención porque el lenguaje, el habla, comporta el cómo se dice y emite, el significado profundo y el contexto. No se puede medir, como reporta el portal mencionado, solo las funciones lingüísticas relacionadas con la fonética, la presunta neutralidad o la claridad de lo expresado.
De entrada creo que no porque esa es una sustancia poco mensurable. Nuestra lengua, el castellano, ha sido suplantada y vilipendiada por cuenta de su mal uso en las instituciones educativas, en la calle, en los medios masivos de comunicación, en la publicidad y en las redes sociales, en el comercio y, claro, por las mismas agencias del gobierno.
En las instituciones educativas, casi siempre, convierten al estudiante en un enemigo jurado de la lengua cuando lo obligan a trajinarla a la fuerza, y convierten su acercamiento al hábito lector, a la literatura, en un purgatorio de exámenes y resúmenes. Vuelven al niño o a la joven, en algunos colegios, en un picapedrero de planes de lectura dictados desde un escritorio por el Ministerio de Educación o por las editoriales.
En la calle es maltratado el lenguaje a través de esas jergas urbanas que rompen con el uso cotidiano, popular, para volverse santo y seña de grupúsculos y tribus. Se inventan palabras, pero en general de uso limitado y precario, vocablos que poco dicen más allá de esas alambradas semánticas, extendidas en territorios figurados. Nada que ver con la oralidad campesina, que inventaba sintagmas, historias y formas bellas de interpretar el mundo.
Los medios masivos de comunicación, a medida que dependen de egresados de comunicación social, casi analfabetas funcionales, han deteriorado tanto el uso del lenguaje, que ya sus palabras, recogidas de los comunicados oficiales, son siempre las mismas para describir distintos hechos. La lengua, la imaginación y la historia son hermanas de sangre, y el periodismo de hoy las enemista y las aniquila sin piedad. Los anglicismos son pan y leche de los redactores de hoy.
Otro atentado diario contra la lengua ocurre en las agencias de publicidad, en las redes sociales o en el comercio. Con la idea de abreviar contenidos, y de representarlos con imágenes o emojis, los creativos, los administradores de páginas o los internautas manifiestan con abreviaturas la complejidad de las emociones, de los hechos y de las narrativas vitales. Pocas palabras, extranjerismos o likes, para decirnos el matiz del amor o del odio.
Y del gobierno todo para decir: Aquí no existe un plan de lectura departamental, o de escritura creativa, y ahora, en la nueva Secretaría de Cultura, ni siquiera opera un coordinador de la Red de Bibliotecas del Quindío.
Ah, y el Quindío es el primero en desconocer, durante 60 años, la necesidad de crear y construir una biblioteca pública. Si. Somos los mejores.
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