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Hambre

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 11 marzo 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El hambre parece conmover a pocos en Colombia. Muchos estiman, como con las muertes de líderes campesinos que, si sus familias o amigos no están involucrados, ese fenómeno criminal no existe.  Es más, puede ocurrir en el entorno próximo, pero los colombianos nos acostumbramos a mirar el paisaje, a admirar los reinados de belleza o … Continuar leyendo

El hambre parece conmover a pocos en Colombia. Muchos estiman, como con las muertes de líderes campesinos que, si sus familias o amigos no están involucrados, ese fenómeno criminal no existe. 

Es más, puede ocurrir en el entorno próximo, pero los colombianos nos acostumbramos a mirar el paisaje, a admirar los reinados de belleza o a vislumbrar un partido infinito de fútbol, entretenidos, sin sentir empatía por los otros. Miramos para no ver, y si enfocamos es en lontananza, para que no nos conturbe. Entrenamos el espíritu para un máximo de crueldad: los demás no existen. 

Las estadísticas sobre el hambre son calificadas como solo números o agenda interesada de populistas, de pro-ñeros, que incomodan o chuzan nuestras burbujas de enajenamiento. Tengo varios amigos así y no los culpo: fueron maleducados en el conservadurismo de la competitividad y de la ego-manía de este modelo de desarrollo.

Hace casi cuarenta años un poeta amigo—pudo ser Juan Aurelio García— me regaló un libro viejo y bellísimo llamado Hambre, de Knut Hamsun, un escritor noruego, y desde ese momento la idea y la sensación de vaciedad, de ansiedad, me estrujó el corazón literario. 

Si bien esa novela es de carácter sicológico, al estilo Kafka y sus recovecos burocráticos, sus descripciones y su intensidad son memorables en una mente, como la mía, que ya olvida hasta el rastro caliente de hace cinco minutos. Mi memoria es frágil, sí, pero no repudio la sensación del otro y menos la desdeño.

Hamsun, un pronazi, y sus novelas, fueron olvidadas en su natal Noruega, que levantó monumentos hace un siglo a este ganador del Premio Nobel. En estos tiempos, del fascismo furioso de Putin, mucho bien nos haría mirar hacia atrás para constatar que, no importa la propaganda oficial, de Estados Unidos o de Rusia, la condición humana, invasora y mercantilista, nos delata ante el espejo de la dignidad.

Hace pocos días el gobierno de Duque, ese hombre banal que ahora hace proselitismo internacional para un puesto en la ONU, silenció a los tecnócratas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación —FAO—porque salieron a decir lo que todos vemos y no queremos aceptar: los niños, los ancianos y los hogares de mujeres cabeza de hogar, los más vulnerables, y los que no lo son tanto, tienen necesidad básica de alimentos.

En Colombia, por ejemplo, la pobreza monetaria actual está en un 42.5 %, y esto implica menos acceso a la canasta familiar. El 1.7 millones de hogares colombianos consumen solo dos comidas al día.  En Armenia se registra, a vuelo de estadígrafo de escritorio, que más de 30.000 ciudadanos no comen bien o aguantan hambre. ¿Han caminado las calles de villa Cuyabra, donde los políticos roban sin fin?

Colombia tiene hambre en vastas zonas geográficas y en los centros urbanos, y eso no es asunto baladí. Buena parte de la inseguridad ciudadana responde al desespero social. Las próximas elecciones podrían ser una especie de juegos del hambre.


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