Justo cuando aprendí a leer en la escuela General Santander de Calarcá, se posesionó Misael Pastrana Borrero. Hizo un gobierno vano que nos dejó tres legados: un hijo que sería un presidente frívolo y torpe; la entrega de las minas de esmeraldas, administradas por el Estado, a sus amigos terratenientes de Boyacá y además de … Continuar leyendo
Justo cuando aprendí a leer en la escuela General Santander de Calarcá, se posesionó Misael Pastrana Borrero. Hizo un gobierno vano que nos dejó tres legados: un hijo que sería un presidente frívolo y torpe; la entrega de las minas de esmeraldas, administradas por el Estado, a sus amigos terratenientes de Boyacá y además de una nueva guerrilla, el M-19, la imagen de esa sonrisa perpetua, la suya, que parecía una mueca de burla a los campesinos que pedían una reforma agraria. Olvidable.
Alfonso López Michelsen recibió la posta del gobierno, y millones de campesinos liberales pensaron que había llegado su momento. Egresado del Gimnasio Moderno de Bogotá, estudió en colegios de Europa. Había fundado el Movimiento Revolucionario Liberal, pero, como pasó con casi todas las insurgencias ideológicas nacidas en Bogotá, se ahogó en sus contradicciones centralistas y de clase.
Si bien administró una excepcional bonanza cafetera y priorizó la exploración de hidrocarburos, su Mandato Claro, caro, carísimo, por la desaforada inflación, pasó a ser una decepción más para las ideas liberales.
Culminé mis estudios de bachillerato en el colegio Robledo, en el discurrir del gobierno de Julio César Turbay. Delegó el gobierno en Camacho Leyva, el comandante de las fuerzas armadas, en tanto el primer mandatario, mañoso, fungía de acosador de mujeres y de clientelista profesional. Fue un presidente autoritario y padre de la actual corrupción en asuntos públicos. No solo olvidable: una vergüenza de colombiano.
Mis estudios universitarios los inicié, al mismo tiempo, que se empezó a construir la casa sin cuota inicial de la pacificación que propugnó Belisario Betancur Cuartas, el presidente-poeta. Nos legó su visionaria vocación por la paz, pero también su debilidad para detener a los militares en la retoma del Palacio de Justicia, su notable falta de carácter y, claro, la poesía bellísima del griego Konstantino Kavafis. Los recitales en la Casa de Nariño fueron memorables. Un gran ser humano, y de la misma manera un hombre desprovisto de atributos para ejercer el poder político y administrativo.
Virgilio Barco perdió la memoria mientras era presidente, y sus tesis progresistas quedaron estancadas. César Gaviria si bien hizo luego la Constitución de 1991, se aplicó a su propia contrarreforma con sus políticas económicas.
Después la desertización: Samper fue rehén de los narcotraficantes y de los politiqueros que se repartieron el Estado para sostenerlo como presidente. Y Andrés Pastrana, aparte de la reconstrucción del eje cafetero, fue un gobernante viajero y superficial, y poco o nada dejó.
De Uribe Vélez no vale la pena hablar. Su gobierno, cuando pase el tiempo, será recordado como una ignominia del pasado. Los falsos positivos, 6.402, la subcultura de la corrupción y este atiborramiento de narcotraficantes por todas partes volverán fango lo que brilló como metal barato: oro golfi.
Santos tendrá un lugar en la repisa de la paz y Duque, anodino, desaparecerá en el río de la historia.
¿Votarán ustedes por Rodolfo Hernández, símbolo de nuestra doble moral y heredero natural de este legado maldito?
- Temas relacionados :
