Mientras intento urdirlas de la mejor manera, y usted, paciente lector, lee estas líneas, millones de habitantes de países, en diversas coordenadas del globo y con grados crecientes de desespero, de airada impaciencia, padecen, desde carencias elementales —léase salud, vivienda, alimento, y demás—, corrupción oficial generalizada, privación o recorte arbitrario de libertades, hasta torturas, agresiones físicas, psicológicas, abusos de autoridad, medidas económicas destructivas, por cuenta de regímenes autoritarios o tiranías de corte socialista-comunista, que coartan el pacífico ejercicio de ciudadanía y frenan por desgracia la prosperidad de sus países.
No se crea que Colombia es el único en las garras de semejante cancer social. Acá tardamos más de medio siglo en sucumbir a los cantos de sirena del populismo zurdo, pero cuando el conteo de votos otorgó poder a alguien como Gustavo Petro, de tétricos antecedentes personales y desempeño público, se abrió la puerta a los mismos o peores desastres que en momentos luctuosos sufrieron o soportan hoy día otras naciones del continente y del mundo.
Sirve recordar las previas y dramáticas experiencias de Chile a manos de Allende y su turbia Unidad Popular en los años setenta del siglo anterior; del Perú, bajo el yugo dictatorial de Juan Velasco Alvarado, durante la misma época; de Argentina en poder del kirchnerato —Néstor y Cristina— durante dos décadas de caída vertical hacia el caos; del corrupto Correa, aliado de la subversión colombiana en tiempos de Jojoy y Reyes; de Nicaragua, que aún no se sacude de la abominable dupla marital, Ortega-Rosario Murillo, apropiados del país centroamericano como de una hacienda desde 2007. Reservo párrafo aparte a Cuba y Venezuela por encarnar los más penosos y dilatados dramas humanitarios de la historia latinoamericana, cuyos responsables agitan aún la hoz y el martillo sobre fondo rojo como su emblema. 65 calendarios y un cuarto de siglo respectivamente, bajo la férula comunista-socialista, impuesta a sangre y fuego en el caso de la isla caribeña y vía elecciones en el país hermano, muestran sin resquicio de duda la vocación destructiva y delincuencial del comunismo. Sangre, dolor, ruina, éxodo masivo contado por millones, pérdida de dignidad, miseria material y espiritual, apropiación ilícita de billonarios recursos públicos, son el legado destructivo de los regímenes todavía al mando, aunque bien parecen ahora en ambos casos, en proceso de rendición, a instancias de presiones del gobierno Trump-Rubio desde la Casa Blanca.
Desafía la razón, el sentido común, la prosaica lógica, comprobar el beligerante apoyo de gente que se presume cuerda, incluso inteligente, hacia un bloque de pensamiento y acción política incapaz de mostrar un solo caso de aplicación exitosa de sus principios, en términos de bienestar común, de desarrollo armónico o prosperidad. Uno tras otro, sin excepción, los fracasos se acumulan en un luctuoso historial. Porque cada traspié zurdo conlleva tragedia, masacres, guerras intestinas que enfrentan bandos irreconciliables, sumiendo sociedades enteras, otrora prósperas y pacíficas, en vergonzosos capítulos para el olvido.
¿Se impondrá de nuevo en nuestra bella y amada Colombia la sinrazón? ¿Reelegiremos la ignominia pateando de nuevo nuestra dignidad? ¿Continuaremos transitando la ruta del fracaso, de la disolución, eligiendo la violenta opción narcosubversiva, la estupidez, la retórica del odio, la corrupción, opuestos al reencuentro con ideas de paz, seguridad, progreso, de logros constructivos, de respeto hacia la Constitución y la Ley? El menú está a la vista y al oído de todos. ¿Porfiaremos en el error?
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