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Hocico de perro díscolo

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 31 diciembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

A veces uno quisiera guardar silencio. No escribir más opiniones para los lectores del diario. Es como si una profunda decepción con uno mismo permeara los días. Y no es el carácter de un pesimista redomado o de un escéptico de ocasión. Es hartazgo propio de mirar el paisaje, incólume, y advertir cómo todo sigue … Continuar leyendo

A veces uno quisiera guardar silencio. No escribir más opiniones para los lectores del diario. Es como si una profunda decepción con uno mismo permeara los días. Y no es el carácter de un pesimista redomado o de un escéptico de ocasión. Es hartazgo propio de mirar el paisaje, incólume, y advertir cómo todo sigue igual o peor en nuestro entorno inmediato.  

Me explico: el Quindío se lanzó hace rato por el tobogán de la sumisión frente a la corrupción y la zalamería con las prácticas de los políticos de oficio y de una parte del empresariado que se acostumbró o se puso en contubernio con los otros. Es como si la sustancia pútrida de lo público fuera la misma de un sector gremial. Un tobogán que parece infinito y que se enrosca en sí mismo.  

Vemos el asalto en la casa de al lado y pensamos que algo hicieron los vecinos para merecerlo, y así percibimos los recursos públicos. Como si la resignación o la pasividad frente a la tragedia social fuera nuestro móvil-inmóvil.  

Si observamos los candidatos de los partidos para las próximas elecciones de Congreso, con una o pocas excepciones, son una vergüenza colectiva. Si vemos hacia la dirigencia gremial podemos interpretar que es cómplice o hace parte de esa mucosidad que ahoga. Vivimos un torpor ético que agobia.  

Insistir en por qué actuamos así, indolentes e insulares, es una repetición torpe. Necesitamos entonces escudriñar en el bosque otros árboles, otras florescencias para resistir. Resistir y perseguir, con hocico de perro díscolo, algún trozo de ilusión.  

Convertir la pesadez del inicio, del 2021 o de esta columna, en la levedad de la gratificación. Murieron amigos, y nos queda leer su historia para retrotraer en las yemas de los dedos un poco de bálsamo para nuestros labios secos. Vislumbrar la poesía y el coraje que definían sus vidas.  

Cerramos un año catastrófico para la cultura y la gestión cultural en el Quindío, uno de mis temas escogidos a lo largo del año. Ni qué decir de la gobernación del Quindío, no vale la pena. Su ceguera institucional ya casi logra desmantelar la Secretaría de Cultura y sus programas bandera. Quisiera no decirlo, no repetirlo, pero sus presupuestos y funcionamiento son una calamidad pública.  

Nos queda entonces la sociedad civil , organismo fértil, que aún trilla en las calles y en las esquinas: Teatro azul, Versión Libre, Danzar, Carteros de la noche, la Corporación Ubuntu Territorio y Paz, el Observatorio Mujer, Cultura y Derechos, la Fundación Torre de Palabras, Fundación Festival Cine en las montañas, Palosanto, Carteros de la Noche, Corporación Cultural Danzar, las librerías Libélula, Pensamiento Escrito, Quijote, Árbol de libros, Baldor, Editorial Cuadernos Negros, Casa Matriz, Contacto Escuela de Fotografía, y personas como Samaria Márquez, Diana María Giraldo, Victoria Sur o Lucía Patiño, que con sus desempeños nos permiten vislumbrar un racimo de logros entre la niebla de la vegetación.  

Hemos perdido mucho. Nos queda tarea por hacer.


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