En el lánguido balance presentado por el presidente Petro sobre sus dos primeros años de gobierno, manifestó que nuestras instituciones habían sido permeadas por la corrupción, como algo que no debía haber pasado en el gobierno del cambio según él, pero que además no debió permitir pues era la gran esperanza de quienes lo eligieron. … Continuar leyendo
En el lánguido balance presentado por el presidente Petro sobre sus dos primeros años de gobierno, manifestó que nuestras instituciones habían sido permeadas por la corrupción, como algo que no debía haber pasado en el gobierno del cambio según él, pero que además no debió permitir pues era la gran esperanza de quienes lo eligieron.
La corrupción es justamente la razón de ser del máximo descontento que aqueja a una población en contra de sus gobernantes, quienes a diario protagonizan escándalos con las mismas mañas de siempre para llenarse sus bolsillos con los dineros públicos. Dineros que aportamos los ciudadanos en impuestos y que debieran manejarse con pulcritud, transparencia, eficiencia. Pocos son en últimas los que son enjuiciados, pocos, muy pocos los dineros recuperados y la situación finalmente sigue como si nada hubiera sucedido. En el presente gobierno, cuando un 50 por ciento del electorado confió ingenuamente que las cosas efectivamente iban a cambiar porque llegó un personaje con un discurso de izquierda, aparentemente convincente a pintarles ideas de cambio como de un salvador que reivindicaría a las clases populares, rescataría a los pobres de su precariedad, que acabaría con ese cáncer de la corrupción, en fin que construiría el país que todos soñaban y decidió llevarlo a la presidencia, ahí comenzó el viacrucis que ahora llevamos a mitad de camino, peor que antes.
Hoy, buena parte de ese 50 % que no ha saboreado esas mieles del poder, aparte de menos del 10 % que si lo está disfrutando con burocracia, contratos, coimas, familiaridad, amistad o compromisos políticos o de otra índole que lo siguen apoyando, sienten el arrepentimiento y frustración al darse cuenta del grave error cometido, máxime al observar la triste realidad que vive Venezuela con su presidente Maduro con quien Petro, desde que comenzó su mandato en Colombia ha sostenido estrecha y peligrosa relación, como si buscara asesoría sobre la forma de continuar una administración prolongada e iniciada por el extinto Chávez y quien se la entregó al morir, con las consecuencias que hoy observamos en el vecino país.
Previsible entonces que la corrupción continuara permeando el gobierno que Petro se proponía dirigir cuando desde antes de llegar a su presidencia, se propuso buscar apoyo incluyendo gentes claramente contaminadas con tales vicios no solo en el terreno político, sino en otros al margen de la ley como después de su elección fueron saliendo a flote en cabeza de su más cercano círculo familiar encabezado por su hijo Nicolás, su ex nuera Day Vásquez su hermano Juan Fernando, su amigo Armando Benedetti. Todo hasta desembocar en el grave escándalo de la UNGRD, que no termina de desentrañarse con el número de altos personajes involucrados y aun no desenmascarados.
Otro agravante, rodearse de personajes solo identificados con su pensamiento ideológico, sin la suficiente formación y trayectoria técnica profesional que demandan los cargos a desempeñar para la ejecución del plan nacional de desarrollo y el presupuesto general. En tales condiciones, imposible que las cosas mejoren.
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