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Indolencias propias y ajenas

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 23 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Cada cierto tiempo, cuando el musgo de la indolencia se adhiere a mis pensamientos, me doy una vuelta por la película La Lista de Schindler, un clásico, y un mazazo que nos revuelca la conciencia.

Este año me he preguntado ¿Será que los judíos, víctimas históricos, no la ven para sentir compasión y para detener el genocidio que perpetran, de la mano de la ultraderecha mundial, contra los palestinos?

La lista de Schindler se abre con una luz que se difumina: símbolo de un mundo que empieza a oscurecerse, y que parece entrar, después de la segunda guerra mundial, en su disolución o al menos en una especie de apocalipsis.

Davos, el foro mundial de la economía, fue testigo de ese declive moral de la civilización occidental. Las democracias europeas fueron arrodilladas por un loco, por un matón como Trump. Solo el discurso del Primer ministro de Canadá, Mark Carney, tiene el poder de la dignidad.

Así empezó en un principio Adolf Hitler, como hace Trump con su policía racista en su país, la creación de guetos

En la Cracovia ocupada por los nazis, Oscar Schindler —empresario alemán, seductor, oportunista— llega atraído por la guerra como otros por el oro, o en la actualidad por el petróleo.

Interpreta el papel del triunfador, se rodea de oficiales nazis y aprovecha el trabajo esclavo judío para levantar su fábrica. A su lado aparece Itzhak Stern, contador judío, silencioso y firme, quien entiende antes que nadie que, en medio del horror, la astucia puede convertirse en salvación.

Amon Göth, comandante del campo de Plaszów, encarna la banalidad del mal: dispara desde su balcón a los judíos como quien mata el tiempo o caza un animal. Frente a él, Schindler siente su propia transformación. No por un gesto repentino, sino por la acumulación de miradas y de cuerpos ajenos.

Cada judío empleado deja de ser mano de obra y se vuelve vida y representación de ella. La famosa lista —esa enumeración que es un acto de esperanza por la humanidad— termina siendo el arca de Schindler en medio del naufragio. Más de mil judíos sobreviven porque él, el empresario, decidió verlos como personas.

La película, filmada en blanco y negro, parece un documento encontrado en los archivos de la memoria.

Ahora, en Estados Unidos, el racismo y el miedo al inmigrante resurgen desde antiguas lógicas: la deshumanización, la sospecha, la frontera como sentencia moral. Familias separadas, discursos de odio, cifras que reemplazan personas. Cambian los contextos, no el mecanismo de separación por raza.

La lista de Schindler recuerda que el primer paso hacia la barbarie es dejar de nombrar al otro como igual. Y que, incluso en los tiempos más oscuros, siempre existe la posibilidad de escribir otra lista: la de quienes se niegan a mirar hacia otro lado.

Acá en el Quindío muchos no parecen terrícolas. Nada importa la suerte de nuestros contemporáneos y seguimos avalando, muchos, a partidos y personas que aplauden la xenofobia y el racismo.

¿Puede alguien votar por el Centro Democrático, que legitima a Trump, el nuevo fascista de nuestro tiempo?

 


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