Es bien cierto que, a la altura de la polarización en Colombia y en el mundo, cuando sus dirigentes parecen más púgiles o francotiradores que estadistas, la gente se esté acostumbrando al irrespeto por el idioma y a dejar pasar desapercibido los temas más escalofriantes y degradantes porque simplemente causan un impacto político.
Se olvidan que debajo de las aguas mansas de la superficie de un río abajo las corrientes son veloces y retorcidas. Ese reflejo esta en la actividad y palabra de los hombres.
Con la claridad de no encontrarme en los extremos de derecha o izquierda (la mayoría está en la gama de centro derecha hasta centro izquierda), que ya ni sabemos qué es eso, es necesario pensar en hechos deleznables para la sociedad del comportamiento humano, que no quisiera decir de un colectivo.
Hecho concreto, la demanda de pérdida de la investidura contra una persona, cualquier que sea, un hecho normal en el debate público y con argumentos determinados en la ley, causales que se llaman. Pero que quienes asuman la demanda estén frente a un hombre casi muerto, tendido en una camilla y con un país rezando por él, desde ya nos dice que no tienen ningún sentimiento de bondad y por el contrario resume la maldad de un comportamiento.
Pero fuera de ello manifestar que la debe perder por hacer política un político, cuya función es estar representando al pueblo, y que no debía estar reunido o en manifestación espontánea, más que ridículo es de obcecación absoluta. Insistir en que el atentado fue por su culpa, por reunirse con la gente, por salir a la calle a interactuar con los ciudadanos, ya raya con la desmesura de una actitud definida en la psicología.
Y para rematar, denunciar a nombre de instituciones de carácter jurídico, ni siquiera asumiéndolo a título individual, si diluyendo y creyendo darle fuerza actuar a nombre de una entidad, demuestra premeditación, pero también ignorancia de la norma que no permite y así se lo dijo la autoridad jurisdiccional.
Qué triste que en este episodio tengamos que evocar la formación de los sesenta cuando el odio por quien no estaba de acuerdo con un partido era visceral. Si visceral, de víscera, no racional. Padres, hijos o hermanos, se enfrentaban se denunciaban. Los unos servían de testigos ante los partidos, o ante el Estado, por que primero era la ideología y el partido y después la familia.
Hoy la insurgencia manifiesta que con el secuestro llegaron a tener a los seres humanos como mercancía, lo manifestaron frente a la JEP. Hoy se atreven funcionarios a decir que los médicos solo atienden los ricos y se pasean todo el día. A lo segundo respondieron los galenos jóvenes y viejos, a los primero esperamos la respuesta de la familia de los secuestrados ayer y hoy, y de quienes están amenazados por tal flagelo.
Infames, infamia, gritan colombianos desde todas las esquinas, buen principio para volver a condenar lo que no puede convertirse en un estilo de campaña y de vida. Necesitamos revivir los mínimos principios de respeto a la vida, a los bienes, a la honra y a poder disentir.
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