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Inteligencias múltiples

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 9 mayo 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Algunos analistas dicen que la Inteligencia Artificial reemplazará a los escritores en poco tiempo.

Y lo repiten hasta el cansancio, y como mi curiosidad es similar a la del gato, activo ese dispositivo para hacer un artículo para la revista que, desde la Universidad del Quindío, Punto Seguido, reflexionará sobre su impacto. Metaficción pura y dura: la Inteligencia Artificial se piensa y se escribe a sí misma.

Tomo un café, SAMA, de origen genovés y tecleo -hoy me duelen las coyunturas de los dedos, como si la Inteligencia Artificial no lo fuera, y al revés empezara a reemplazar una estructura- en la búsqueda de un significado para mí. A la vez pienso en la mujer que duerme en la habitación contigua. Juana Inés no sabe, porque está explayada en sus sueños, que mi memoria la persigue, antes de despertar, en su inconciencia.

Hago caso al desvarío, tal vez para demostrarme que mi inteligencia natural, y mis intuiciones y pasiones son insustituibles, porque en un poema Fernando Pessoa al hablar sobre el río Tajo dice que es más hermoso que el río que corre por su aldea, pero que éste es más bonito porque es el suyo, el apropiado por su memoria.

Solo recuerdo un fragmento de esa poesía, y su flujo líquido en mi mente, me reivindica. ¿Quién podrá hacer memoria de mis emociones o de mis libros leídos más allá de mi propia conciencia?

Estoy al garete en esta mañana, cuando escucho, desde fuera de un balcón acristalado, el ruido de los carros que huyen hacia ninguna parte este primer día de mayo. Y vuelvo al origen del pensamiento, aquel que me hizo levantar a las cinco y media de la mañana para escribir, creía yo, sobre la importancia de los libros, de la lectura, a propósito de la Feria Internacional del libro de Bogotá, que este año invita a España.

Me reacomodo en la silla de espaldar alto, mientras sorbo más café. Los libros me salvaron la vida, así es de simple. Recuerdo que mi primera experiencia fue velar, como si la vida dependiera de ello, la presencia de varios libros encerrados en una vitrina. Yo los miraba como solo recuerdo que pudiera mirar el personaje de Cortázar en ese cuento maravilloso titulado Axolotl. Me fundía, a través de la mirada, con lo mirado.

Los cuentos de Juan Rulfo me hicieron pensar, después, que uno podía escribir sobre los vivos y su novela, Pedro Páramo, sobre los muertos. Y un escritor español, Millás, luego, me haría imaginar que una columna de prensa también podría ser un cuento, solo si uno podía mover la autoconciencia, es decir, dar rienda suelta a la fantasía de escribir como pensamos algunos, trastocando lo objetivo y lo subjetivo, mezclando el sentido férreo de las lógicas, de la sustancia del algoritmo, con el latido sanguíneo del corazón.

No extraño ya mis visitas a la feria del libro, y me alegro por los muchachos que descubren los pabellones – y la carestía de los libros- de Corferias.

Juana Inés pide, con dulzura, su ración de Sama, café para el espíritu.


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