Durante el mes de abril se registraron eventos importantes a nivel mundial y local, como por ejemplo, la conmemoración del Día del Idioma. Esa especial ocasión que, a nivel planetario, nos convoca en torno a la palabra, el lenguaje y la literatura. En el Quindío, se conmemoraron 10 años de la existencia de uno de … Continuar leyendo
Durante el mes de abril se registraron eventos importantes a nivel mundial y local, como por ejemplo, la conmemoración del Día del Idioma. Esa especial ocasión que, a nivel planetario, nos convoca en torno a la palabra, el lenguaje y la literatura.
En el Quindío, se conmemoraron 10 años de la existencia de uno de los proyectos más emblemáticos de nuestra tierra, uno que sin duda alguna tendría que recorrer el planeta para contar lo que somos y llevar – literalmente –, el aroma del Quindío a todos los rincones del mundo.
Se trata de la Caja Viajera del Café, un universo de magia atrapado en un baúl, que no guarda, sino que contiene, todos los elementos para preparar dos tazas del más exquisito, suave, aromático y gustoso café, cuya identidad es secreta – pues su autor jamás revela el origen de los granos que utiliza en cada preparación –.
Hace una década, José Nicolás Uribe Aristizábal volcó una parte de sí mismo en un cofre especial, que al abrirse, no solamente exhala el más delicioso olor, sino que también emana perdón, reconciliación, esperanza, nostalgia, ternura y ante todo… mucho amor.
La mística de la molienda, el poder del fuego, la pureza del agua y todo lo que habita en el cultivo del café, vive en la Caja, con la misma fuerza que los trinos de las aves viven en los bosques quindianos y con la naturalidad del rubor del rostro de la tímida chapolera, del sudor en la frente del campesino y de la tierra, negra y auténtica, colmando los poros de las manos que trabajan…
Este es un proyecto del que todos debemos sentirnos orgullosos, pues no solamente ha recorrido varios países llevando un mensaje de lo que es la esencia de la quindianidad, sino que también se ha convertido en un embajador natural de quienes somos y lo que hacemos, de aquello que amamos… Ese café que nos disipa la pereza, pone un dulce final al momento del sueño, activa el pensamiento y nos inocula la energía necesaria para comenzar los días… Ese café, cuyo aroma, al viajar por el aire, se conjuga con el olor a tierra mojada y a campo fresco, ese que transita por la atmósfera mañanera, para traernos la buena noticia de la jornada que inicia colmada de oportunidades, desafíos y promesas.
El mismo que nos convoca, desde la olleta que ha sido acariciada por tres y hasta cuatro generaciones de matronas; sin el cual sería imposible activar los pensamientos, crear nuevas ideas y levantarse entusiasmado a continuar la vida.
Diez años de un milagro que ha surgido para educar conciencias, sanar memorias y curar corazones rotos, para reconciliarnos con el pasado, conectarnos con los ancestros y regalarnos la experiencia de la gratitud, don que se derrama a borbotones desde esta caja misteriosa, que al abrirse, va revelando sus secretos, que son los mismos que guarda el alma de su padre y creador, un hombre que aunque nació en Manizales, Caldas; ha trasegado todos los caminos del Quindío, cuyo corazón además de ser enorme y colmado de bondad, desde hace mucho rato se pintó con el anaranjado de las heliconias, el verde de los guaduales, el azul inmaculado de los ríos, el amarillo intenso de las naranjas que estallan ante la mirada y por supuesto, el blanco prístino que lucen las flores del cafeto y el rojo brillante, exótico y profundo, del café listo para la cosecha…
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