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La cartografía del paisaje

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 25 junio 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hace un tiempo, cuando el mundo era unívoco o bipolar, se pensaba en la identidad de los pueblos, y algunos llegaron a matar por defender la imagen de su rostro y de su espíritu colectivo. Era solo una simpleza de los corazones simples y una estratagema del poder. Luego, sospechamos que éramos más que uno … Continuar leyendo

Hace un tiempo, cuando el mundo era unívoco o bipolar, se pensaba en la identidad de los pueblos, y algunos llegaron a matar por defender la imagen de su rostro y de su espíritu colectivo. Era solo una simpleza de los corazones simples y una estratagema del poder. Luego, sospechamos que éramos más que uno y muchos más que dos. 

Después la ciencia probó que los antioqueños no son una raza, que los rusos no son un Zar solitario o un mujik, que los franceses son menos que productos de una civilización y que los americanos, tan hambrientos de lo moderno, solo son un pueblo sumergido en las contradicciones de un moralismo campeón: hijos de la necedad de competir sin fin en un mundo finito. 

La declaración de esta región como Paisaje Cultural Cafetero, por parte de la Unesco, nos ha puesto frente a un espejo a algunos, a otros los ha llevado a crear modos alternativos de vida, y a los demás solo los ha empujado al ábaco de sus cajas registradoras. 

Los campesinos o hijos de campesinos encontraron en su propia voluntad hospitalaria una veta del carácter colectivo, y se hicieron microempresarios o propietarios de hostales, hoteles y finca hoteles, convirtiendo al Quindío en un feliz dormitorio. 

Una estratégica decisión porque ante la crisis internacional del café, de la venta del grano, esos coterráneos se reconfiguraron a la velocidad de la luz. Demostraron, como lo hicieron los abuelos cuando sembraron la montaña o la tierra baldía o sustituyeron el tabaco por café, plátano y guamos, que podíamos plantar cara a la debacle y solucionar al paso. 

Muchos de esos campesinos, o hijos de campesinos, miraron hacia dentro de sus ‘beneficiaderos’ y de sus almas. Empezaron a observar cuáles eran las vagas o colinas para sembrar; cómo seleccionar entre los dedos los mejores granos rojos; y cómo lavar las pepas distinguidas y el más eficiente método de secado. 

No es gratuito que cafés especiales como Azahar, San Alberto, Jesús Martin, Barranquero, o el magnífico café La Elba, entre otros, hoy se destaquen por sus sabores y aromas por todo el país. Escogieron lo mejor de nuestro territorio y lo empacaron, con orgullo por una historia, en sus manos. 

Esos mismos descendientes diseminaron nuevas experiencias, de cafés, restaurantes y bares, en nuestra cartografía. Un turista o un viajero puede ir del San Alberto de Buenavista a un lugar tradicional de Pijao, y del Parque Sucre en Armenia, coffee Brewing, al Toscana en Quimbaya, y degustar una taza inolvidable. Única. 

En Calarcá, ahora, nadie puede eludir la ruta trazada por decenas de emprendedores. 

Podemos ir desde el Café de Carlos, hasta El Aborigen, o a las sedes de los cafés de Julián Mauricio, de La Tertulia, en la plaza y en el restaurante vegetariano. Otros preferirían ir a Amore Mio o al café de la hacienda La Pradera, lugares para imaginar otra vida. 

Aún somos, y más, el café abundante que fuimos y vivimos. 


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