Durante muchos años fui en abril a la Feria Internacional del libro de Bogotá. Luego, dejé de asistir a lo que se había convertido en un espacio exclusivo de comercio, con sus toneladas de libros, y configurado como una pasarela de egos inflamados, de pasillos y góndolas repletas de intelectuales y seudo intelectuales que requerían … Continuar leyendo
Durante muchos años fui en abril a la Feria Internacional del libro de Bogotá. Luego, dejé de asistir a lo que se había convertido en un espacio exclusivo de comercio, con sus toneladas de libros, y configurado como una pasarela de egos inflamados, de pasillos y góndolas repletas de intelectuales y seudo intelectuales que requerían abono orgánico para sus narcisos propios. Pesaroso, dejé de ir a la nevera. A la ex nevera, porque todo cambió con el cambio climático.
Este año volví y disfruté la feria, sus algarabías, y sus conversaciones aledañas. Al final, en nuestro mundo, las ferias o festivales o encuentros de escritores son lo que son, y ya. Una posibilidad de que variadas inteligencias dialoguen entre sí, algunas desde el conocimiento, otras desde el furioso personalismo que nos inventó el capitalismo salvaje. Hasta víctimas somos, si se quiere.
Así fui, algo prevenido, a la Feria Internacional del libro de Armenia y el Quindío, FILAQ, y terminé feliz de recorrer sus proporcionados lugares, y sus eventos. Presencié una mañana una obra de teatro sobre la comunidad artesanal de La Chamba, en compañía de los niños, en especial de Janson, Antonella, el inquieto Dalan, y otros niños de condiciones especiales, y los profes Arley y María Inés, de la sede José Antonio Galán, con modelo de Escuela Nueva, de la Institución Educativa del Caimo, dirigida por Reina Patricia Castaño Niño.
La felicidad y asombro de los niños, de colegios públicos y privados, son justificaciones suficientes para continuar con ahínco la Feria de Armenia, y para buscar su cualificación año a año, como un dispositivo y lugar para la pedagogía que nos permitan en el Quindío promover lectura, enamorar a los niños y jóvenes de los libros, y sobre todo de las historias, de las leyendas y de lo que Juan Felipe Gómez, en su columna de ayer dijo en la Nueva Crónica del Quindío: que la lectura nos permite construir una mirada, una solidaridad y, por tanto, una forma idónea y bella de empatía. Cuando leemos la tristeza en un texto, la desahogamos o la entendemos, y nos damos argumentos y emociones tamizadas para comprender al otro.
En la feria del libro tuve otros dos encuentros. Caminaba por las estaciones de libros- mientras miraba carátulas, y esperaba la llegada de Saramaga- cuando vi a Jaime Lopera en trance de firmar libros de Leer al Quindío, su producción literaria e histórica. Tomé café con Jaime y de nuevo, como siempre, su lucidez me sorprendió y me hizo pensar en mis propias limitaciones y habilidades. Igual, pude abrazar a Edward Bedoya, y montarme en su Coroteo de libros y cultura, un móvil de ilusiones para las nuevas generaciones de lectores.
En esta región, rebosante de liliputienses mentales, de enconos y envidias locales, de conservadurismos excluyentes, de arribismo candente, la existencia de la feria del libro, y la idea de continuar por ese camino de construir lectores, debemos agradecerla a Lili Moreno, a David Reynoso, y a todo el equipo de la Fundación Letra Viva. Reconocer, aplaudir, y ya.
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