Viví por temporadas largas en Calarcá —el paraíso perdido—, la vereda La Paloma —el edén tatuado en la memoria—, Caicedonia, Bogotá — el purgatorio obligado— y Armenia.
En cada lugar viví a mi manera, como el bolero. En Armenia adquirí un pequeño apartamento que ayer vendí. En otro tiempo caminé las calles enfebrecido por su belleza dulce, por ese tobogán de la dicha y el color que es la carrera 14, por la calle 21, y di vueltas a todas las horas por su carrera 13. Allí pensé que esa era la vía, iluso, de mis amores por vivir.
Armenia es un reservorio de gentes buenas y de, obvio, hipócritas, como cualquier aldea rusa o árabe. Se parece a todo y en particular a sí misma. Durante decenios fue tejiendo, a puntada libre, su propia desgracia administrativa.
Eligió a alcaldes de familias seudo aristocráticas, que pensaron en el presupuesto público como si fuera la alacena de sus chagras o las monedas de sus antiguas faltriqueras. Alguno de ellos, como si fuera un sultán, pasó su presidio en un chalet, luego de probársele su indelicadeza y cinismo, mientras orquestaba desde su pasantía las formas y las alianzas para mantener una porción de poder.
Un ingeniero ingenioso, como un camello vivaz, asaltó el erario mientras bebía licores extranjeros en un restaurante del norte. Una dama, de alta alcurnia, señora del señorón, se repartió con su hijo la administración. Y por todas partes, desde hace decenios, cada esquina, cada carrera, está tachonada de casinos, bingos, casas de apuestas, y todos tan campantes jugando en las máquinas de cobre sus sueños pervertidos.
Armenia, por lo mismo, se volvió insoportable. Destila de sus mesas de café y billar la insoportable liviandad de los cómodos. Fue asaltada también por las ambiciones de varias mujeres, elegantes esposas de dirigentes políticos, todas ellas muy dignas y majas, quienes desde las almohadas compartidas con sus consortes repartieron la administración entre los correveidiles de un partidito liberal que, a pesar de su historia, hoy es una vergüenza pública.
Pagué en la tesorería entonces, con dolor de bolsillo, el retazo de una valorización y el global de un predial que uno nunca sabe a donde irá a parar. Tal vez al alcalde, al más impopular de todos, se le ocurra que debe visitar Castilla, por los castellanos, o traer un Sultán al Quindío para que nos enseñe sobre otras trapisondas para elegirse en cuerpo ajeno, como hacen nuestros líderes de papelillo.
Armenia es insoportable. Todos lloran en las mesas de café, en el pasaje Yanuba, por la corrupción o algunos hasta escriben en nuestro diario local sobre los hábitos de la ética y brincan de primeros con cédula en mano para votar por el Centro Democrático, por el partido de don Emilio, o por Cambio Radical o por el partido Conservador, esas fábricas de avales que buscan perpetuar el movimiento centrípeto del enriquecimiento fácil.
Rasgan sus vestiduras los cuyabros, lloran su desgracia, y les tiembla la mano para castigar en las urnas a quienes los roban a plena luz del día. De cada mesa, de cada café, emana un tufillo de cobardía paralizante.
Resignados. Flojos. Doble moralistas. Insensatos. Antiéticos. Antiestéticos. Cómplices de una situación que ahoga y atosiga. Vivimos inmersos en un drama: somos protagonistas, casi cómicos, de la insoportable liviandad de los cómodos.
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