Son tiempos difíciles los que estamos viviendo. Una amenaza microbiológica tiene en jaque a la humanidad, la vida como la hemos conocido durante las últimas décadas, ha cambiado de un momento para otro. Las calles están desoladas; los sitios de congregación social –centros comerciales, restaurantes, cinemas–, quedaron vacíos; las reuniones ´importantes e indelegables´ fueron suspendidas; todo lo que no podía dejar de hacerse, se detuvo y las personas fuimos a los hogares, a permanecer encerradas, huyendo de un contagio inminente.
Será interesante en un futuro – ojalá cercano –, analizar las implicaciones psicológicas y sociológicas de lo ocurrido, por ahora, procede decir desde una voz de esperanza, que debemos dar a la situación la justa dimensión: ni agravarla tanto que caigamos en pánico y desesperación; ni subestimarla pretendiendo estar afuera y correr el riesgo –bastante probable– de sumar con la propia irresponsabilidad a las estadísticas –preocupantes – del COVID-19 en Colombia y el mundo.
Desde la calma que debe generarse fruto de un elevado nivel de conciencia, hemos de confiar, primero que todo en Dios y asumir las condiciones actuales, creyendo en quienes están tomando las decisiones. Acatar las directrices de los gobiernos, rodear a los líderes con gratitud y confianza.
Las medidas de autoprotección han sido difundidas y son correctas. Es sencillo que cada quien lo asuma con seriedad. Evitar salir es la decisión adecuada.
¡El mundo se detuvo y aquí estamos! ¡Los sitios mundiales de concurrencia elevada siguen ahí y tendrán gente otra vez, algún día! ¡El planeta sigue girando y el Sol aparece a diario, aunque nuestras rutinas hayan cambiado radicalmente!
Es necesario entender que la situación es grave; que ningún pretexto justifica poner en riesgo la subsistencia propia y la de los más cercanos y obedecer a la autoridad, como corresponde a los buenos ciudadanos.
Teniendo claro esto, nos queda la gran lección de la paciencia, que, para muchos, resulta dolorosa de aprender. Apoyarnos unos a otros, ser solidarios y fraternos, compartir lo que tenemos y entender que esta no es una guerra, es una oportunidad para que todos seamos uno en medio de la crisis.
Convertirnos en difusores de esperanza, de posibilidad, de sueños de futuro; pues, aunque estamos en un momento difícil y confuso, superaremos esta pandemia y estaremos bien de nuevo.
Luego de lo anterior, se nos presenta una oportunidad magnífica para darle también a lo que hace parte de nuestra vida, la justa dimensión que tiene… al encuentro con los amigos, al abrazo, al beso, al contacto humano, a las tardes de cine, a la comida en un buen restaurante, a la posibilidad de visitar un parque, caminar, disfrutar la brisa y el paisaje. Quizás para muchos, esta privación repentina de tantas cosas cotidianas, sea una ocasión para apreciarlas, notar lo valiosas que son y al volver a tenerlas, abrazarlas con gratitud, atesorarlas.
Dicen que la felicidad consiste en desear aquello que poseemos, así es. Qué bueno conectar con esas emociones y esperar con ansias el próximo café con Nicolás Uribe Aristizábal, la siguiente caminata por el parque, tomada de la mano de quien amo; un paseo más con Libia Gutiérrez Valencia, un nuevo helado con Diana, o una caminata por la playa con Alejandra, otro espacio de conversación con Emelia Peña Guerrero y… la ciudad de Armenia, la más bella, luciendo ante mis ojos renovada, redescubierta, otra vez recorrida por mis pasos, recibiéndonos de nuevo a todos, como quien acoge al viajero, temporalmente ausente, jamás olvidado. Y volvernos a ver… en el Pasaje Bolívar, con los amigos – tan amados –, con los que siempre tienen noticias para compartir y una risa para regalar… Con todos.
Quizás sea necesario experimentar la sensación de la pérdida para darle a todo esto… su justa dimensión.
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