Aristóteles definió en la Poética que el arte es mimético, es decir, que es una imitación de la realidad. Imitación de las acciones, del carácter y de las pasiones humanas. Sin embargo, no todo arte parte de este principio, en especial las artes que tienen como insumo principal la materia, los objetos, las cosas. Tal es el caso del teatro de títeres o también teatro de objetos, donde existe una interpretación, un acto dramático que parte de la materialidad, sea este un objeto de papel, espuma, tela, madera o también, sean las manos o el cuerpo del titiritero. A propósito, dice el dramaturgo, director y teórico de teatro de títeres argentino Rafael Curci:
“Conforme pasa el tiempo me resulta cada vez más apropiado definir al teatro de títeres como un teatro no-mimético por la sencilla razón de que no busca la realidad ni pretende imitar la condición humana -no al menos al estilo de la mímesis praxeos del drama griego tardío, de la tragedia isabelina o de otras prácticas teatrales- sino más bien que la evoca, la sugiere, y hasta puede darse el gusto incluso de mofarse de ella, del mismísimo hombre y su inconmensurable universo.” (Dialéctica del titiritero en escena, 2007).
La materia tiene algo para decir. La constitución del objeto posee sentidos y significados, no solamente los representan, dar la función o tarea de representación a los objetos es poner un velo sobre ellos, ocultar su realidad y negar su expresión. El crujir del papel, el toc toc de la madera, lo liviano de la tela, entre otras expresiones posibles de la materia, requieren de la atención y de la participación del titiritero para dejar fluir estos sentidos y significados posibles. Diversidad de materialidades, por tanto, implican diversidad de poéticas.
El teatro de títeres es posibilidad, versatilidad, es el terreno de lo imposible para el teatro de actores. Así lo referencia el también dramaturgo argentino Mauricio Kartun, quien además nos dice, citando al iconoclasta artista contemporáneo Marcel Duchamp, que la elección de un objeto equivale a creación y su exposición ya es arte, sin importar qué objeto sea o cuál haya sido el sentido y significado que se le haya atribuido a representar, pues la disposición y ejercicio de atender y escuchar a los objetos los saca de ese contexto previamente determinado y los vuelve elocuentes. Descontextualizar el objeto para que hable.
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