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La naranjada

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 5 julio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En medio de la dubitación que hoy se le advierte al presidente Iván Duque, de su incapacidad para maniobrar el sector productivo en marcha recesiva, su iniciativa de impulsar la economía naranja requiere de una consideración cuidadosa, en especial porque se afinca en la idea de valorar lo intangible, de potenciar el talento y de volvernos una comunidad generadora de contenidos.

La economía naranja, conocida también como creativa, es el salto de una producción de bienes, en la que estábamos aún estacionados, a una dinámica de servicios culturales, que ha surgido como un recurso natural renovable.

En el mundo, como lo dice el especialista de gestión cultural en Colombia, Germán Rey en la revista Arcadia (161), la economía naranja es un concepto trajinado desde 1941, a través de lo denominado como industrias creativas, en un texto titulado la Dialéctica de la ilustración de Max Horkheimer y Theodor Adorno.

En Colombia, el surgimiento de las industrias creativas se dio por medio del cine, la industria editorial, la radio, la música y, en particular, a partir del posicionamiento de los productos televisivos como elementos de consumo masivo.

Para triunfar entre los florecidos arbustos de los naranjos se requiere producir ideas y meterse de lleno en la era del conocimiento. Según lo enunciado por las estadísticas del gobierno, en años pasados la producción audiovisual tuvo el mayor valor agregado del campo cultural con un poco más del 43%, en las mediaciones televisivas y cinematográficas. La producción de libros, muy fuerte aún en Colombia, llegó casi a un 22%, mientras, la educación cultural y el diseño de publicidad se acercaron a un 28%.

El mayor consumo de los colombianos, de los productos culturales estuvo ubicado durante el 2018 en la góndola musical, como se advierte, además de los guarismos de consumo en internet de un 67% de los usuarios, en el auge de las músicas urbanas y populares que, si bien banalizan la escena musical, la tornan paupérrima en sus formas y expresiones, generan millones de millones de pesos para sus mercaderes.

En el contexto nacional surgen muchas inquietudes, toda vez que solo las capitales mayores de Colombia, como Bogotá, Medellín, Cali, y un poco Barranquilla, tienen infraestructura tecnológica y cultural para soporte de los nuevos productos que se generarían. Así sucede también con el capital humano, que solo tiene formación de alto nivel en esas ciudades.

En el Quindío, donde la secretaría de Cultura del departamento, orientada por el errático e interesado James González Mata, hizo mutis por el foro y dejó el tema al garete —sin asumirlo como una política pública— surgen múltiples inquietudes. 

La economía naranja requiere de profesionales del sector bien fundamentados en las disciplinas artísticas. En el Quindío, excepto por el pregrado en artes visuales de la universidad del Quindío, nuestros gobernantes académicos y culturales no han podido impulsar formación universitaria en música, en teatro, en danza, y menos en gestión cultural.

Aquí, a duras penas, iniciativas como el Cuyabrito de Oro, el Festival Voces del Campo, o la misma Banda departamental, en el floreciente campo musical, sobreviven por la terquedad y el sacrificio de sus gestores. 

Antes de hablar de economía naranja —el nuevo chicle de la abundancia de la cámara de comercio— se hace necesario solucionar las falencias educativas del campo cultural.

La naranjada se hace después. Lo primero es traer y sembrar los naranjos.


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