Esta columna será leída tanto en formato impreso como en formato digital. Es una posibilidad de la difusión de la escritura bastante interesante, puesto que sostiene todos los gestos y prácticas de la cultura impresa que desde el siglo XIV la humanidad ha desarrollado y, da apertura a las posibilidades, gestos y prácticas de la … Continuar leyendo
Esta columna será leída tanto en formato impreso como en formato digital. Es una posibilidad de la difusión de la escritura bastante interesante, puesto que sostiene todos los gestos y prácticas de la cultura impresa que desde el siglo XIV la humanidad ha desarrollado y, da apertura a las posibilidades, gestos y prácticas de la lectura en el soporte digital. Una decisión inteligente por parte de lectores, bibliotecarios, libreros, docentes y autores o escritores, es garantizar y defender que exista la posibilidad de divulgar, conservar y compartir lo escrito en estos dos formatos o medios. Cada uno de ellos abre un tipo de tiempo y disposición.
La cultura impresa provee un tiempo sin prisa, un detenerse entre líneas, puesto que mirar la letra impresa no agota la mirada, no estresa los músculos oculares, además va al ritmo de pasar la página, de poder detener o pausar la lectura colocando el separador entre las páginas, para indicar donde volver a leer. La cultura digital provee otros ritmos, otros espacios, prácticas y gestos para la lectura. Está la posibilidad de la hiperconexión rápida, búsqueda instantánea y el compartir sin fronteras lo que estamos leyendo. Una lectura ágil, transitiva y efectiva útil en varios momentos de la actual época.
La humanidad requiere de estos dos tiempos para la lectura. Pues cada uno de ellos entrega momentos importantes y necesarios. Sería obtuso y reduccionista considerar que uno de ellos no es importante. Además, sería irresponsable y peligroso tomar una decisión así, pues discriminaría todo un universo de prácticas y gestos. Por un lado, desconocer por tradicionalismo y temor ludita o tecnófobo que la cultura digital no es posibilidad para la lectura y la escritura, es tener una mala interpretación del sentido y significado de la tecnología y los objetos mecánicos, creyendo que son algo extrínseco o independiente de lo que somos como humanos malinterpretando la escritura impresa como algo no técnico. Por otro lado, desconocer el texto impreso como algo viejo es un suicidio cultural, pues como dice Carlos Skliar en su libro La inútil lectura (2019): “…lo nuevo no necesita masacrar a lo viejo ni ocupar su lugar, como si viviéramos en una monarquía secesionista, ni lo viejo quiere decir antiguo o anacrónico o harapiento, ni precisa cambiar de ropajes, travestirse, para atraer a los más jóvenes o suicidarse pues ya nadie le presta la mínima atención.”
En especial, hoy preocupa mucho más el fanatismo y suicidio cultural que se moviliza a favor de la cultura digital, que el ludismo o tecnofobia que podría promoverse, también equivocadamente, desde la nostalgia de la cultura letrada o textual. Es vergonzoso e indignante escuchar justificaciones alrededor de lo digital en desmedro de la cultura impresa, pues son dos culturas que se requiere continuar promoviendo en el mercado del libro, en las instituciones educativas, en las bibliotecas, en los espacios culturales. Y siendo radicales en esta distinción necesaria, es decir, en la necesidad de estos dos universos de la escritura, en lo que ellos significan para la cultura y la historia, los libros y textos impresos son bienes culturales imprescindibles que requieren su conservación y promoción y, los libros y textos digitales son servicios comunicativos útiles en esta época. En términos de lectura y escritura, necesitamos de los imprescindible, los textos impresos y de lo útil, los textos digitales.
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