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La nostalgia no es una estrategia

César Castaño

jueves, 22 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

«Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción». — Mark Carney

El Foro de Davos comenzó el pasado lunes 19 de enero en la localidad suiza que le da nombre, en un ambiente marcado por el pulso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con buena parte de sus aliados tradicionales. No fue un inicio cualquiera: el contexto global dejó claro que algo se está moviendo —y no necesariamente en la dirección acostumbrada—.

En un discurso de especial relevancia, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, habló de «Construir algo mejor» y fue directo al punto:

«Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina».

Una idea clara para un tiempo que ya no admite miradas al pasado.

Carney evocó entonces al general Charles de Gaulle, líder de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y presidente del Gobierno provisional entre 1944 y 1946. Al referirse a una diplomacia de potencias medias, retomó la noción de grandeza que De Gaulle expresó con crudeza al final de su vida en una célebre —aunque apócrifa— cita:

«Precisamente porque ya no somos una gran potencia, necesitamos una gran política. Si no la tenemos, al no ser ya una gran potencia, no seremos nada».

Para las potencias medias, más allá de Davos, de los discursos y de los liderazgos visibles, la pregunta de fondo es otra: qué hacer cuando las certezas se rompen y el mundo deja de funcionar como se conocía. Aferrarse a lo ya conocido puede resultar cómodo, pero no ofrece respuestas duraderas. El desafío de este tiempo pasa por aceptar la fractura, leerla con realismo y definir cómo pensar y actuar sin el refugio del pasado, en un escenario donde ni la fuerza ni la nostalgia aseguran un lugar en el nuevo orden.

Sobremesa. En este contexto, la próxima reunión del presidente Gustavo Petro con el mandatario estadounidense adquiere una relevancia especial para Colombia. No se trata solo de un encuentro bilateral, sino de un momento clave para un país que no define las reglas del sistema, pero sí padece sus consecuencias. En un escenario áspero y amenazante, dominado por la lógica de la fuerza y con márgenes de maniobra reducidos, el desafío será leer con realismo el nuevo orden, defender intereses esenciales y evitar que la retórica, la improvisación o el aislamiento debiliten la posición del país.


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