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La poesía es un regalo

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 24 diciembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

He pasado mucho tiempo frente a los libros. Leo novelas y poesía, y por mis manos ansiosas pasan autores desconocidos para mí o los libros de amigos, y con todos ellos tengo un diálogo a veces difícil pero siempre curioso, trepidante o sereno.  Ya les dije que me emocioné con la pericia y belleza halladas … Continuar leyendo

He pasado mucho tiempo frente a los libros. Leo novelas y poesía, y por mis manos ansiosas pasan autores desconocidos para mí o los libros de amigos, y con todos ellos tengo un diálogo a veces difícil pero siempre curioso, trepidante o sereno. 

Ya les dije que me emocioné con la pericia y belleza halladas en Te acuerdas del mar, de Óscar Godoy, y que muchos textos de la compilación de la editorial Sílaba Viendo caer las flores de los guayacanes, de Juan José Hoyos, me conmovieron por su maestría y estética. 

Los libros, ante la desertización de la vida cotidiana, de los amores y desamores, de los abrazos y desencuentros, son siempre un refugio, una habitación silenciosa que se puebla de seres y voces cálidas. He tratado de releer fragmentos de Patria, de Fernando Aramburu, y procedo después a tomar un libro de poesía para suturar, con puntadas de lucidez, el dolor de Bittori, una de las víctimas de ETA en España. 

Los libros, por su organismo, pueden ser abiertos y cerrados a voluntad de nuestras soledades y necesidades de alegría. A veces queremos una aventura en altamar y en mi caso, como ayer, corro a “Foe” de J.M Coetzee, para vislumbrar desde lejos la bruma de un verano en el pavimento de una calle de Cartagena, como si pudiera encontrar a Susan Barton, la mujer del naufragio que llega a la isla donde habitan Crusoe y Viernes, en la esquina de una ciudad cualquiera del litoral.

Hoy, día de Navidad, voy a regalarme una caminata por la memoria, solo porque estoy leyendo Vanas Gentes, un inquietante libro de poesía de Juan Aurelio García. Al leerlo, antes de hoy y ahora mismo es como si fuera conversando con Juan por la Avenida Bolívar, cuando ambos encendíamos un cigarrillo infinito al salir de una clase de Jorge Ramos, el peruano, y hablábamos de Libertad bajo palabra, de Octavio Paz.

Fumábamos como transeúntes desdentados, y soñábamos con escribir hermosos libros de poesía. Juan ha escrito algunos, como Tiempo reunido, publicado en la Biblioteca de Autores Quindianos, en 2015. Con ironía y desparpajo, nos arrastra por su imagen de ciudad y de universo, por Armenia, por los recovecos de sus calles. Él es un poeta a carta cabal: nuestro gran poeta. 

En mi caso nunca he escrito poesía y mis novelas distan mucho de ser lo que mis sueños querían. Uno no escribe como quiere: escribe como puede, y surge de esa vacilación una sustancia precaria y huidiza.

Vanas gentes me acompañará en Navidad, ahora que ya no tiro el humo de mis cigarrillos sobre mis acompañantes. Juan Aurelio dice en su libro: “Pero si viene y resulta/que nos parece bello y profundo su poema/entonces será porque se trata de un regalo/de un milagro/ de esas cosas de Dios/y ello nos basta/ Alabado sea Dios que nos regala poesía/”.

La poesía, en los libros, en tus ojos, también es un regalo de Navidad. 


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