En el año 2019, siendo obispo de la diócesis de Armenia, organizamos desde la Pastoral Social- Cáritas un congreso sobre Doctrina Social de la Iglesia. ‘El clamor de los pobres y el clamor de la tierra’ era la ponencia central, a la luz de la encíclica del Papa Francisco, ‘Laudato Sí’. Con la ayuda de … Continuar leyendo
En el año 2019, siendo obispo de la diócesis de Armenia, organizamos desde la Pastoral Social- Cáritas un congreso sobre Doctrina Social de la Iglesia. ‘El clamor de los pobres y el clamor de la tierra’ era la ponencia central, a la luz de la encíclica del Papa Francisco, ‘Laudato Sí’. Con la ayuda de la directora del grupo Versión Libre Teatro me caractericé de habitante en situación de calle e ingresé al auditorio de la universidad del Quindío, pasando desapercibido. Muchos me miraban con asombro; otros con desdén trataban de esquivar el saludo, la mirada, se tapaban la nariz, murmuraban entre ellos e intentaban sacarme del recinto. Nadie me ayudó a levantarme cuando caí al piso; sentía que era un estorbo. El impacto había sido el esperado: se despertó la sensibilidad de muchas personas frente a los pobres y a la pobreza. El vídeo se hizo viral y más de cuarenta países replicaron la escena.
No pretendía ser o hacerme famoso, era simplemente un experimento social. Aún me preguntan: ¿cómo se sintió? Quisiera escuchar mejor: ¿En qué ha cambiado la realidad de habitanza de calle? Después de estos años, algunos siguen aplaudiendo la iniciativa, otros se han comprometido en voluntariados o movimientos de acción social; sin embargo, me pregunto ¿Por qué en Armenia y el Quindío sigue creciendo este flagelo social? ¿Acaso no existe una política pública? La mendicidad sigue creciendo, los recursos no llegan o no son suficientes; los programas carecen de continuidad; los mandatarios de turno implementan acciones de bien y a veces se quedan en los buenos deseos. Hay instituciones del gobierno, asociaciones, agremiaciones y personas de buen corazón, incluyendo a la Iglesia, que hacen una labor encomiable y meritoria, un sencillo aporte a la paz y a la justicia social. Sin embargo, hace falta mayor articulación inter institucional, que los recursos no se despilfarren y que los empresarios se comprometan, desde su responsabilidad social.
Desde la Iglesia, planteamos una ruta del programa ‘Persona en situación de calle’, propuesta pedagógica integral inspirada en el evangelio y la gran verdad de ser hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza y, por lo mismo, llamados a fortalecer nuestra dignidad humana. El carácter de ‘persona’ e ‘hijo de Dios’ es esencial en la comprensión, desde la fe, de la realidad que viven muchos hermanos nuestros, quienes tomaron la decisión de vivir en la calle e hicieron de la habitanza en calle una opción que los ha consumido en las drogas, en el distanciamiento de sus familias y el rompimiento de vínculos afectivos, en la pérdida del sentido de la vida y el deterioro mental, en las adicciones y el refugio en el alcohol, el juego, el sexo, expuestos a enfermedades de transmisión sexual, a la discriminación y la marginación social. Estos hermanos nuestros decidieron, por diversas circunstancias de la vida, convertirse en ‘nómadas’ de ilusiones y peregrinos sin esperanza. Truncaron sus sueños y la sociedad los arrinconó, los conminó a la infelicidad, el dolor y el sufrimiento, a través de los estereotipos sociales, las etiquetas y el descarte social, arropados con el manto de la delincuencia, la frustración de un proyecto de vida y la construcción de un mundo de fantasías que induce a un viaje en el tiempo y el espacio, alejados de la realidad y resistentes a la posibilidad de ‘salir’ para emprender una nueva vida.
Afortunadamente son muchos y diversos los programas sociales, de gestores de paz, y de instituciones gubernamentales y no gubernamentales como la Iglesia que, desde una sensibilidad ante el dolor y el sufrimiento, es capaz de reconocer en el rostro de cada hermano, el rostro sufriente de Cristo que interpela. Se valoran los esfuerzos de los gobiernos, sin embargo, las estrategias de acción y las políticas son insuficientes para contrarrestar un fenómeno social que sigue creciendo y empañando la construcción de prosperidad, progreso y desarrollo integral. Una problemática que debe ser atendida como ‘un todo’, por lo que no es posible solucionar este fenómeno con abordajes simplistas y reduciendo las políticas sociales a un asistencialismo dañino. El compromiso es de todos y debe responder a una articulación interinstitucional y a la responsabilidad social de empresarios y comerciantes, a las acciones conjuntas de los ciudadanos que deben concientizarse que dar limosna es ‘engañarse’ para adormecer las conciencias. Es necesario ir más allá de una simple filantropía, para no caer en el asistencialismo, canalizando las ayudas a través de entidades que buscan hacer el bien y comprometernos con la superación de este flagelo que desencanta y despierta indiferencia e indolencia social. De ahí la campaña emprendida por la diócesis de Armenia: ‘Quindío sin pobres’, con el lema ‘sin asistencialismo, por la dignidad humana; sin protagonismo con responsabilidad social’. Unámonos todos por el Quindío.
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