En el mismísimo Manifiesto comunista, texto icónico del pensamiento zurdo internacional, publicado en Londres a inicios de 1848, los celebérrimos redactores, Karl Marx y Friedrich Engels, a despecho de su intención, al abordar el asunto ‘moralidad’ —ética, para la filosofía clásica— incurren en contradicción flagrante. Desde un flanco conceptual, tachan la moral como un detestable prejuicio burgués; no obstante, en otro aparte, lanzan críticas ‘morales’ hacia la misma burguesía, por convertir la ‘dignidad personal’ —considerado siempre un valor moral—, en algo susceptible de transacción. Ninguna escuela filosófica o concepción de Estado, tampoco el marxismo, escapa entonces a la ‘moralidad’, a la valoración ética, esto es, a la colisión secular entre el bien y el mal, entre lo debido y lo indebido, lo correcto y lo incorrecto, confrontando, juzgando intenciones, omisiones o actos humanos, en relación con criterios de evaluación preestablecidos.
Es sensible a estas alturas del siglo XXI la honda crisis ética en la cual se debaten muchas sociedades nacionales, entre estas las latinoamericanas, que antaño fundaron sus cartas constituyentes y el consiguiente andamiaje jurídico, siempre bajo el paraguas ideológico liberal, en una noción moralista-religiosa de la sociedad, relegando a plano secundario el propósito inicial y final de esa superestructura de tres pedestales: la convivencia pacífica entre humanos. Degradado, reducido a nada, el otrora temor a Dios, severo juez y castigador, fracasó como pilar de armonía social, dejando un vacío hasta ahora no suplido. En años recientes hemos sido testigos, víctimas y victimarios del orden moral en bancarrota; cualquier pretexto es plausible para violentarlo; el caos resulta hoy más seductor que el pacífico y armónico discurrir; subvertir normas, preceptos, y principios, es la consigna. Y si ello es cierto en el plano de comportamientos individuales, lo es así mismo y en grado superlativo en la palestra de la política, de los gobiernos en todos sus niveles.
Si con cinismo ejemplar, don Nicolás de Maquiavelo, por alguien llamado ‘padre del realismo político’, enseñaba usos, trucos, y malabares distantes de la moral a los príncipes de su época, para detentar y conservar el poder, hoy día, gobernantes y aspirantes a serlo, tienen claros varios presupuestos; entre estos: mentir, ocultar, aparentar, engañar, es congénito en la política; es lícito tranzar hasta con el demonio, con tal de obtener apoyos electorales; después de alcanzado el objetivo, no importan las lesiones a la ética, los maltratos morales y físicos, incluso torturas y muertes, hacia los semejantes, para retener el poder y el lucro selectivo; los apoyos económicos son bienvenidos, vengan de donde vengan —ocultar su origen es un arte—; pactar con terroristas, asesinos, narcotraficantes, no solo es permitido sino plausible. El asunto es presentarlo como generador de réditos sociales en términos de ahorro de muertos o silenciamiento de armas. Siempre habrá incautos o tontos útiles que se muestran bien dispuestos a creerlo…
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