Cada vez que hay un atisbo de esperanza —como nos deslumbró esta semana— o un exceso de oscuridad, la música entra en la vida para morigerarla y descubrirla para nosotros más humana, con un sesgo divino y, también, más trascendente. Lo mismo ocurre, aunque en un plano paralelo, con las artes visuales, que nos proveen … Continuar leyendo
Cada vez que hay un atisbo de esperanza —como nos deslumbró esta semana— o un exceso de oscuridad, la música entra en la vida para morigerarla y descubrirla para nosotros más humana, con un sesgo divino y, también, más trascendente. Lo mismo ocurre, aunque en un plano paralelo, con las artes visuales, que nos proveen de trazos e ideas reveladores de otras formas para apreciar la realidad.
Las acuarelas parecen el invento mayor de lo posible. Decía Vicent van Goth, quien sabía con certeza esa razón profunda, que la acuarela es el arte de la verdad. Nada, ni un punto o una línea, puede mentir en esta expresión.
La acuarela, además, tiene una relación fundamental con el agua, con la vida. Su contención evita el error y su presencia líquida y fresca libera la mano, la lleva a crear la ilusión de realidad de un paisaje, de un lugar o de un objeto que vimos o extrañamos. Dibuja un sueño visto. El agua y el papel son la quintaesencia material y espiritual de un acuarelista.
Así lo vivió Alberto Durero, el maestro de esta técnica, cuando atravesó los Alpes en su viaje inicial a Venecia y pintó paisajes notables, en la técnica de la acuarela, del Renacimiento. Vio las montañas por primera vez, como si las estuviera recordando. La acuarela es una manera dulce de evocar lo no visto.
Nadie más verdadero y más persistente que Hernando Jiménez. Recuerdo que lo vi por primera vez cuando era un emprendedor y gestor en Calarcá, en los bajos de un edificio en la carrera 24, a donde iba la gente a descubrir nuevas músicas en una taberna colmada de artes y voces para develar la noche.
Después empecé a ver sus acuarelas en las salas y en las oficinas de algunos conocidos y mis ojos no alcanzaban, no alcanzan aún, para descubrir tanta luz en ese arte milenario, propio de los chinos y árabes, que en Hernando Jiménez es un camino para volver a mirar lo que fuimos: gente sencilla y honrada, con corredores y ventanas donde transitábamos o asomábamos un ideal o donde colgábamos una fantasía. Hernando nos permite conservar en la mirada ese mundo perdido o, al menos, difuminado.
Luego vi a Hernando Jiménez, con su ruana puesta, de la mano de sus hijos pequeños. Siempre pensé que ellos lo conducían a él a un planeta nuevo. Tal vez al universo de sus sueños, donde debería haber respeto por la naturaleza, más música y mayor justicia social.
La educación de sus hijos, en un medio de conservadores hipócritas, fue una réplica personal a cierta tradición fosilizada. Él desbrozó un camino y lo transitó alegre, como un perspicaz autodidacta, para nunca renunciar al amor como pedagogía primordial.
Hernando Jiménez es un colombiano digno y bueno como pocos. Un excepcional pintor que ha sido para las nuevas generaciones un paradigma de carácter, de coherencia vital y de reivindicación de la esperanza.
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