Aristóteles plantea cuatro causas para explicar cada cosa existente. Para él, el mundo se compone de causas eficientes, formales, materiales, y finales. Dos ejemplos nos servirán para comprender esta teoría y su relación con lo que nos compete en este texto.
Imaginemos, primero, las utilidades que puede tener una libreta en blanco. Su contenido dependerá, por supuesto, de quien escriba sus ideas en ella: la lista del mercado, las tareas que deben realizarse durante el día, los poemas que surjan de asombros cotidianos.
Su destino será variable. Ahora bien, en el terreno del lenguaje esto funciona de una forma bastante similar. El lenguaje es, gracias a una necesidad primaria: comunicarnos. No obstante, la complejidad de lo que somos nos ha suscitado nuevos menesteres: buscar, en las palabras, cómo nombrar lo que produce observar descender el sol, el sentimiento de una pérdida, o la soledad que le precede. A su vez, estos acontecimientos trascienden el lenguaje: nos modifican.
Toda transformación supone la presencia de una causa eficiente. Es así como, en los dos ejemplos, la persona es causa eficiente de algo más. En el primer caso, incide sobre la causa formal —la libreta—, la cual posee una causa material, representada por las hojas de papel que la conforman, y escribir en ella termina por modificar su finalidad, es decir, su causa final. En el segundo, los cambios en el lenguaje están sujetos por quienes hacen uso de él. Por su parte, las personas se ven modificadas por otras causas eficientes: la música que escuchan, las conversaciones que mantienen, el espacio íntimo que comparten con los personajes de una historia que las ha cautivado. La literatura ha sido una gran causa eficiente, de sí misma y de lo que la circunda.
No hay lectura impune. Cada libro que llega a nuestras manos, las ficciones en las que decidimos adentrarnos al pasar las páginas, los poemas que repetimos en voz alta una y otra vez, y los versos que acompañan nuestras tristezas y amores, modifican las creencias que nos habitan, cómo vemos y sentimos al mundo. Al escribir, nuestras lecturas escriben con nosotros. Las voces de multitudes se encierran en cada libro. Las ideas que llegan después de terminarlo, el que nos guste o no, los argumentos que sostienen esta posición, contienen todas las causas eficientes a las que hemos sido vulnerables.No es gratuito que Steiner, en La poesía del pensamiento (2011), reconozca la literatura como fuente indispensable para el pensamiento filosófico, pues en la poesía –que, en sus palabras, “desafía, vence la muerte, […] lo mismo que trasciende el tiempo y el espacio” (p. 23)– el lenguaje no solo acompaña nuestros razonamientos y nuestra sensibilidad, sino que, en suma, hace mutar nuestra identidad. Así pues, nuevas formas de escribir, leer y pensar nacerán siempre que, en el camino, causas eficientes nos tomen por sorpresa y lo modifiquen todo.
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