Los partidos y movimientos políticos de derechas, y los grupos, personas y bandolas de ultraderecha, están de plácemes. Creen que encontraron en el cabello largo, en el empaque de nuevo, en el lenguaje callejero de Federico Gutiérrez, oro puro. Piensan ellos, después de disfrazar a un inepto como Iván Duque de tecnócrata o patrullero, que … Continuar leyendo
Los partidos y movimientos políticos de derechas, y los grupos, personas y bandolas de ultraderecha, están de plácemes. Creen que encontraron en el cabello largo, en el empaque de nuevo, en el lenguaje callejero de Federico Gutiérrez, oro puro.
Piensan ellos, después de disfrazar a un inepto como Iván Duque de tecnócrata o patrullero, que el candidato de hoy, nacido en la Jerusalén uribista, puede volver a maquillarles la realidad, a enmascarar la crueldad del establecimiento y, claro, poner una muralla infranqueable a las minorías de Colombia.
Las derechas de Colombia tienen varios orígenes y ámbitos.
Existe una derecha, encarnada en partidos como el de la Unidad Nacional, Cambio Radical, una parte del partido Liberal, el partido Conservador y el Centro Democrático, más las iglesias evangélicas con sus brazos políticos.
Un ámbito o nicho en algunos gremios económicos, en los medios masivos de comunicación y en franjas de las élites urbanas, ilustradas y profesionales, que con conocimiento o sin él defienden a pie juntillas al establecimiento, el statu quo, solo por hibernación social o por mantener privilegios reales o inventados.
Existe una ultraderecha, esa sí desvergonzada y criminal que, desde la ilegalidad, se frota las manos con Federico Gutiérrez. Saben que él simula bien su atavío de autoridad y hace mejor su papel de sargento de la Policía, como pasaba en las noches en Medellín para configurar una percepción de seguridad ciudadana, poco real.
Salía Gutiérrez con la policía a hacer batidas y regresaba a los cuarteles con precarios ladronzuelos, con prostitutas, con muchachas y muchachos de la noche paisa que solo buscaban, por hambre o por vicio, un sustento a su desesperanza. Al final, todos sabían por dónde iba la caravana del alcalde y cambiaban de parche o de comuna.
La ultraderecha de Colombia, la misma que alaba a Trump, a Putin, o a cualquier defensor del mercado radical o de las mafias, se frota las manos. Los negocios ilegales, como el narcotráfico, la minería ilegal, el lavado de activos, la usurpación de tierras, la ampliación de la frontera agrícola en Parques Nacionales o en la Amazonia, la entrega de contratos en algunas administraciones municipales, la corrupción en todas sus expresiones, no será tocada: los políticos de turno, el gobierno nacional, harán que la justicia no opere.
Ese concubinato, entre la derecha legal, y la ultraderecha, con autodefensas, firmas de abogados ilustres, y bandas criminales incluidas, extenderá su estabilidad en un país que prefiere mirar ballenas o páramos.
Según la Fundación para la libertad de prensa, FLIP, Federico Gutiérrez gastó en publicidad de su administración más de 200.000 millones de pesos en 3 años, y viajó durante 101 días, en 32 traslados al exterior. Su gobierno solo fue una acumulación de millas y de medidas cosméticas, sin ningún propósito real de administración.
Mientras los grandes medios ponen a funcionar su máquina trituradora de ideas, ya muchos entienden que el lingote encontrado, así brille en la oscuridad, es solo un amasijo de oro golfi.
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