La elección como alcalde de Calarcá del abogado Luis Alberto Balsero, con el respaldo de la administración municipal orientada por Yenny Alexandra Trujillo Alzate, era una crónica anunciada de politiquería y clientelismo. Así fue la administración pasada y ella, la señora exalcaldesa, una joven con vicios avejentados, esperaba que le mantuvieran un tren burocrático propio, … Continuar leyendo
La elección como alcalde de Calarcá del abogado Luis Alberto Balsero, con el respaldo de la administración municipal orientada por Yenny Alexandra Trujillo Alzate, era una crónica anunciada de politiquería y clientelismo.
Así fue la administración pasada y ella, la señora exalcaldesa, una joven con vicios avejentados, esperaba que le mantuvieran un tren burocrático propio, la promesa de unos contratos — entre ellos los de servicios públicos y del alumbrado— y el apoyo de su postulación a la Cámara de Representantes. Ah, y el terreno fértil para repartir mercaditos de veinte mil, tapabocas estampados de mil y sonrisas a granel, como hacen los neopopulistas de derecha.
Después de su traspiés judicial, al empático alcalde solo le quedan tres caminos a su regreso al edificio de la alcaldía.
El primero, mantenerse como intermediario de la cuestionada exalcaldesa, quien creó una red de amigotes en la administración, montó un grupo endogámico a su alrededor, hizo la feria de las microprivatizaciones —entregó el parque Alto del Río a una organización sin experiencia en el ramo— y destrozó al sector cultural de Calarcá. En esta opción, la destitución podría ser salida para este alcalde estimado por muchos, y me cuento entre ellos, como un hombre honorable.
En la segunda alternativa, el alcalde Balsero podría tomar el camino de en medio. Ello significaría mantener la connotación politiquera y administrar acompañado por otros representantes de grupos tradicionales, quienes se alistarían alrededor y debajo de la mesa contractual para usufructuarla y mantener el statu quo. En esa versión, donde todo cambiaría para que todo siguiera igual, correría él riesgos judiciales, pero podría tal vez terminar su mandato y de seguro sería inane ante la historia colectiva.
El tercer camino es más difícil y más sencillo: Es hacer un gobierno alternativo, de mano de la ciudadanía y con veeduría real de las comunidades.
Es difícil porque implica retar a la clase política dominante y desafiar las prácticas acomodadas, legales pero ilegítimas, que alimentan el estómago pútrido del sistema actual. Es difícil, claro, porque no tendría aplausos fáciles ni la compañía de los negociantes de la administración, profesionales de la maña y del atajo.
El gobierno alternativo y ciudadano tendría como misión devolver la autoestima a las comunidades; nombrar veedores en plaza pública para los contratos de la administración; convocar a los excandidatos Gonzalo García, Fernando Moncada y Sebastián Ramos, y pactar con ellos, sin mediar componendas, los términos de una administración limpia y decente. Convenir, de cara a los ciudadanos, un proyecto político común para los calarqueños.
En esta alternativa, la cultura y la educación deberían ser el centro de su administración. Dormiría tranquilo, y la misma ciudadanía lo protegería. Contaría con amigos, adversarios y apáticos y sería, por su valor civil, un ejemplo para su familia y las nuevas generaciones
Navegaría el alcalde Balsero por aguas dulces y sería el hombre disruptivo que nos sacaría, con sosiego y tino, del abismo ético donde hoy yacemos.
- Temas relacionados :
