En mi infancia los espantos aparecían por cuenta de las historias que se narraban bajo la amarillosa luz municipal. Eran inofensivos esos fantasmas.
Hubo un tiempo, por ejemplo, por la calle Fusa en Calarcá, calle 37, más allá del antiguo colegio San José y frente al Instituto Calarcá, que los niños dejamos de salir a jugar balón en la noche porque corrió el rumor de que La Rodillona se dejaría ver más temprano, sentada sobre un tejado de la casa de la familia Acero. Temblábamos de terror.
Luego, mi abuelo Manuel Castaño, de Quebradanegra, me llevó a una finca a Bohemia, donde fulguraban luces entre el cafetal, que indicaban la presunta existencia de un tesoro, bajo una piedra, detrás de una elba. El abuelo siempre decía, como víctima que fue de la guerra civil de 1948, que eran más peligrosos los vivos que esos fantasmas de la noche. Así era y es.
Los teatros Quindío y Yarí, propiedad de don Adonías Rey, pasaron a ocupar en la mente, con sus imágenes y con el parloteo en inglés o en mexicano, el sitio de los miedos provocados por las leyendas de la región. Veíamos, en el hermoso teatro Quindío, miles de películas mexicanas, con Antonio Aguilar en un caballo o con El Santo, El enmascarado de plata.
Luego aparecieron los poemas de Baudilio Montoya, y con sus palabras calmamos la desazón y empezamos a confiar en el verso declamado y escrito. Sus poemas eran tristes, vegetales, pero nos llenaban de alegría porque eran un bálsamo para la imaginación calenturienta que ya teníamos en el mítico colegio Robledo. Nuestra vida era dulce, como hoy lo es por nuestra memoria.
Esa infancia, el entierro largo y lluvioso de Baudilio Montoya, las películas del poeta Elías Mejía, sus fotos de talentoso actor, de galán inveterado, están archivadas por la mano cuidadosa de Luis Fernando Londoño Aristizábal, en esa suerte de álbum familiar que reposa en su casa en el Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío.
Por años, con una diligencia terca y bella, Luis Fernando fue guardando nuestra memoria para recordarnos lo que somos como región. Una amalgama de nervios y de recuerdos, y una ciudad que se resiste a un progreso amnésico e inmisericorde.
Luis Fernando Londoño, como otros gestores culturales, ha nadado contra la corriente de esta época. Su carácter y su deseo de mostrarnos lo que fuimos lo llevaron a mantener un lugar abierto para la esperanza retrospectiva, es decir, para darle argumentos a quienes dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Gran labor: dar proteína a nuestros recuerdos y, por tanto, a nuestras ilusiones.
Darío Fernando Patiño, nuestro querido periodista, y muchos otros intentan salvar el Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío. Nos corresponde pensar que, más allá de ese salvavidas, tan oportuno y necesario, tan prioritario, debemos reinventar los procesos y la estructura de gestión cultural en nuestro municipio.
Necesitamos rememorar que un día fuimos una comunidad organizada, cívica, estudiosa y que mirábamos con alegría las historias que bajaban, por boca de los abuelos, de la montaña. Imaginar, alrededor del Museo, y de la labor de Luis Fernando Londoño, que somos más que nuestro presente por común o luminoso que este parezca
Pensar que el verdadero espanto, la ruina mayor, es perder la memoria que nos aglutina como pueblo digno.
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