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Llueve

Mauricio Hernández

miércoles, 4 febrero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

La espesa neblina impide ver la ciudad desde lo más alto de la montaña.

Y cuando esta vista se tapa es donde más se extraña aquel paisaje lleno de edificios próximos y otras montañas lejanas. Tampoco se visualiza el camino. Es decir, no se vislumbra la prolongación de la carretera: rectas y curvas son devoradas por el frío tangible; líneas blancas y amarillas, continuas y punteadas, se reducen a una vista bastante miope.

 

Al llegar a la ciudad todo está como quieto, con excepción de los carros con vidrios semiempañados y las motos con pasajeros que tiritan de frío. Siguen cayendo incontables gotas delgadas y rápidas de este aguacero interminable. Llueve repetitivamente. Como si las nubes no estuvieran agotadas.

 

Llevamos ya varios meses en los que no ha parado de llover. Ha corrido mucha agua por las calles de esta ciudad. Y en los otros pueblos y ciudades cercanos viven algo similar. Hace semanas no ha dejado de llover y algunos ya estamos cansados.

 

En el día y en la noche se cruzan aguaceros distintos. Parece que se saludan mientras se topan. Algunos demoran más que otros. Las lloviznas también se asoman y humedecen la ciudad por sectores. Es pequeña esta ciudad y no falta una llamada a un familiar o a un amigo para comprobar que por allá ha dejado de llover, mientras que, por aquí, apenas la nube gris va a desmoronarse de a poquitos.

 

Hemos llegado al momento en que sabemos que va a llover como en una selva tropical, pero sin conocer cuándo escampará. Tampoco hay certeza de la salida, en las mañanas, del sol con el que se pueden calentar las pieles de los recién nacidos. Antes había claridad en que la lluvia matutina sería pasajera. Por ende, los gallinazos sabían en qué momento podían trepar hasta la punta de los postes de energía para extender sus alas y calentarlas. ¿Han vuelto a ver a esas aves carroñeras estirarse como el cóndor del escudo de Colombia?

 

Ahora es normal que en el meridiano de los días haga un frío lastimero. Se mete por las comisuras de la ropa y del cuerpo, como si quisiera congelarlo todo. En alguna de esas siestas, luego de un buen almuerzo, hay sensación de tener hielo cerca. Hiela en el día y, en la noche, hasta el infierno de los sueños queda convertido en algo glacial.

 

El jardinero contaba el otro día que, cuando llueve mucho, el pasto crece más rápido, por lo que hay que llamarlo con mayor prontitud para que haga la poda. Se rió con malicia. Pero, por estos días de lluvias exageradas, pareciera que el pasto verde ha dejado de crecer. Ahora hay más lodo y hasta la maleza parece como quemada, de color café.

 

Muchos prefieren al invierno y sus lluvias. Les cobija ver los cielos grises. Otros, preferimos que no se nos mojen los zapatos y que no se nos dañen los planes de salir a caminar. En todo caso, no ha parado de llover.

 


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