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Lo que no tiene precio

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 6 noviembre 2020

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Cada muerte natural cierra un ciclo. La vida de una persona significa por sí misma y, a la vez, para una comunidad próxima. Por ello, un deceso es un hecho triste, pero significativo para reinterpretar un modo de caminar por la cotidianidad. La muerte de Horacio Serpa es triste para un liberalismo progresista, deriva de … Continuar leyendo

Cada muerte natural cierra un ciclo. La vida de una persona significa por sí misma y, a la vez, para una comunidad próxima. Por ello, un deceso es un hecho triste, pero significativo para reinterpretar un modo de caminar por la cotidianidad.

La muerte de Horacio Serpa es triste para un liberalismo progresista, deriva de los artesanos bogotanos del siglo diecinueve, de los federalistas de otra época, que pensaban en un capitalismo democrático. Es significativa también para quienes entendían la política colombiana como un combate pacífico de ideas y una expresión de la decencia.

Serpa era un hombre decente, perdido entre los tiburones y aristócratas del partido Liberal, como Samper, que abusaron de su amistad. Su ilusión de ser presidente de Colombia murió cuando de fiel escudero de una causa liberal de izquierda, Serpa se pasó a cómplice de unos intereses personales y de la mafia del Valle del Cauca.

La amistad, como el amor profundo y limpio, es casi una ilusión en el estómago de una sociedad que descompone los alimentos del espíritu; los desbarata con el ácido de un egocentrismo feroz, propio de la competitividad del capitalismo radical. 

¿Es posible la amistad en un tiempo donde el dinero prevalece, el exitismo es la consigna y escasean el tiempo y la bondad?

Difícil. La amistad parece hoy una utopía, una historia de radio novelas, de tiras cómicas o del mundo de la ficción.  

El lema de los mosqueteros, todos para uno y uno para todos, no parece viable en nuestra época. La amistad de los tres mosqueteros y D’Artagnan, creación de Alejandro Dumas, parece un imposible, como también podría ser la unión de pareceres disimiles, del pragmatismo y el romanticismo, propios de Sancho Panza y de Don Quijote de la Mancha. 

A los pastores de estos tiempos sin piedad, convencidos de la idea de un progreso sin fin, de un fanatismo hirsuto, la amistad es una obsolescencia. Se necesitan socios, cómplices o tinterillos, como los tienen hoy la mayoría de políticos y empresarios de Colombia.

En la literatura y en las artes hay ejemplos de amistad sincera. Max Brod, un escritor y compositor checoslovaco, desobedeció a su amigo Franz Kafka cuando, al morir, le ordenó quemar su obra monumental, esa que nos enfrenta, con belleza y asombro, al sinsentido de vivir en la modernidad. 

García Márquez y Álvaro Mutis también demostraron, más allá de sus posturas literarias y de sus intereses personales, que su amistad era sincera, beneficiosa para sus obras y sus familias. Una relación similar, cimentada en la inteligencia y críticas mutuas, creció entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, los escritores argentinos.

El capitalismo del éxito a toda costa, de la competitividad a pesar de todo, de la construcción de enemigos caros, no debe interrumpir una canción para escuchar en compañía, un café humeante con un amigo o el sonido de una palabra compasiva y solidaria para un extraño.

No pueden siempre, así lo intenten, comprarnos el alma.


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