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Lo que nos falta

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 24 abril 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En esta región, como en muchas partes del planeta, donde poco se respeta el conocimiento científico —como los estultos presidentes de Estados Unidos o de Brasil— se nos ocurre decir, con la subjetividad propia de la ignorancia o del prejuicio, que ya podemos tener conclusiones definitivas sobre un suceso extraordinario como la pandemia.

Algunos dicen que este es el fin del capitalismo salvaje, porque entramos en la suspensión del consumismo, y no he podido ver el indicio que me lleve a esa feliz conclusión. 

Lo que veo es que las multinacionales se fortalecen, y que si bien estamos en el campo de las decisiones de los epidemiólogos, en la encrucijada de sus estadísticas y procederes lógicos, al final quedaremos en manos de un laboratorio farmacéutico.

Mucho me gustaría proyectarme en la escena inédita del lobo gris que aparece en Francia, después de cien años de posible extinción —cómo nos sorprendió la noticia— o seguir con mis ojos desmesurados los saltos de un canguro por una vía australiana, mientras los picos de los nevados pueden verse desde los balcones de las ciudades. 

Imaginar, con el deseo, que la capa de ozono se restaura en el trance y discurrir del miedo que hoy tenemos por morir ahogados.

Pensar que la belleza de mi pueblo, con las calles desoladas y limpias, hacen parte de un paisaje permanente, pero no: al otro día las esquinas bullen de gente aterrada y muchas veces egoísta e indolente.

Pensar que el espíritu generoso de una mujer en una comuna de Medellín, que rechazó el segundo mercado que le entregaban en un día, es un estado del alma en Antioquia, o en Colombia, pero luego aparece un alcalde o un gobernador, de cualquier parte del país, comprando almuerzos a precio desorbitado o llenando sus alforjas con la utilización acomodada de una urgencia manifiesta, como lo dice la ley para asuntos excepcionales.

En la vida, el optimismo, por sí solo, no puede ser una estrategia o un plan, como manifiestan algunos estafadores en textos de autoayuda o la neurolingüística edulcorada de los entrenadores de personalidad. 

Lo que sí es claro es que millones de personas, los trabajadores informales, peluqueros, manicuristas, taxistas de varios turnos a la semana, artistas, gestores de cultura y recreación de provincia, baristas por horas, señoras que limpian casas y oficinas, las que venden por revistas, las que trabajan en las cocinas de restaurantes, panaderos y pasteleros, meseros, las mismas prostitutas, y muchos más, no tienen cómo vencer las incertidumbres del día, como escarbar y encontrar una ilusión entre tanto decreto emitido y tanta retórica oficial.

Sabemos que nos sobra mentalidad corporativa en el gobierno, el fetiche de la competitividad, y que nos faltan políticas públicas y Estado interventor, como en los países de Europa donde lo social y lo democrático predominan frente al empirismo del capitalismo obtuso.

 


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